“Pon mis lágrimas en tu redoma; ¿No están ellas en tu libro?” Salmo 56:8b

¿Sabes que Dios va guardando todas tus lágrimas? ¿Sabes que no importa qué tanto llores, Dios siempre guarda un registro de todas ellas?

Tus lágrimas pueden provenir de distintos orígenes, pero todas tendrán el mismo destino: van a la redoma de Dios.

La redoma es el envase donde se conservaba antiguamente el aceite de unción usado por los sacerdotes. Esas lágrimas que has derramado hoy producto de dolor o sufrimiento, Jesús, nuestro Sumo Sacerdote las verterá sobre tu vida como bálsamo de consolación. Su unción fresca no se agota; es un proceso continuo. Un mecanismo de compensación: Vas llorando, Dios va guardando y luego derramando consolación sobre ti como aceite fresco.

Por el contrario, cuando fallamos, y confesamos nuestras faltas, de igual manera El “… volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades y echará a lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7:19).

¿Acaso no es ésta una verdad maravillosa? ¡¡Dios recuerda nuestras lágrimas y olvida nuestros pecados!! Cuando tus lágrimas provengan de aflicciones que no entiendes, irán a la redoma de Dios. Es tu oportunidad para ser consolada.

Cuando tus lágrimas provengan de ofensas que otros te hayan ocasionado irán también al mismo lugar. Es tu oportunidad para perdonar.

Pero como Dios no deja nada chueco, también nos promete que algún día sucederá lo siguiente: “Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4).

¡El proceso está completo! En Él hay consolación. Hay perdón. Hay esperanza. Hay restauración! ¿Qué más podemos pedir?