“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.”  (2 Corintios 1:3-4)

El patriarca Job tenía buenos amigos. Ellos se preocuparon por venir para estar a su lado cuando el atravesaba una gran pérdida, dejaron todas sus ocupaciones para condolerse con él y consolarle. A pesar de la escena tan desagradable que era estar al lado de su amigo, no se marcharon, lloraron con él, rasgaron sus mantos en señal de duelo, esparcieron polvo sobre sus cabezas y se sentaron junto a él por siete días y siete noches porque sabían que su dolor era grande. Definitivamente ellos lo amaban.

Sin embargo por desconocer como Dios actúa, decidieron por cuenta propia saber el motivo por el cual su buen amigo estaba pasando tan difícil prueba. Ellos quisieron ser Dios. Así pasaron del dolor a la discusión y de la discusión a la condena, pues solo se centraron en la justicia de Dios y no en su misericordia. Estos hombres que en un principio fueron movidos por el amor que sentían por su amigo en vez de ser un ungüento a la vida de Job, se convirtieron sin querer, en sus jueces y verdugos.

Definitivamente, los que sufren siempre atraen a “los sabelotodo” quienes para aparentar mucha espiritualidad utilizan la Palabra de Dios con ligereza, haciendo valoraciones y recetas espirituales que están muy lejos de ser un bálsamo para la herida.

Cuando nos encontramos en cualquier problema, enfermas, enlutadas por la muerte de alguien querido, tras una separación o un divorcio, deprimidas o turbadas, por lo general la gente viene a nosotras para decirnos que cosas malas hemos hecho o que debemos de hacer para que la situación mejore. Pero para la que sufre, todo esto son sacos rotos de palabras necias y sin sentido.

En momentos de dolor no necesitamos instrucciones sin fundamento. La presencia y las lágrimas serán mucho más elocuentes. Cuando estamos en el crisol de la prueba, las palabras a menudo suelen tener un sonido hueco en el corazón del que sufre.

“Consolar en medio de la desesperación no tiene por qué ser torpe. Con amor y ternura puedes ayudar si tienes espíritu de compasión.”  –Dave Branon

La mejor manera de ayudar a las personas que sufren es simplemente estar con ellas y decir muy poco o nada; haciéndoles saber así lo mucho que le quieres y le importas. La que sufre no necesita un discurso, comparaciones, visitas largas, clichés, etc. Solo necesita la presencia de una amiga, un cálido abrazo y un hombro donde llorar.

Oración: Señor, ayúdanos a consolar con la misma compasión y el mismo amor con que somos consoladas por Tí. En el nombre de Cristo Jesús, Amén.

Alabanza Sugerida: En Medio de la Angustia, Face2Face – http://www.youtube.com/watch?v=pWM_AmAq3YU