¡El cielo es un lugar de Paz! Allí descansaremos de todos nuestros trabajos (Ap 14:13),alabaremos por siempre al Señor (Ap 4:8), y se secará toda lágrima de nuestros ojos (Ap 21:4). Saber esto constituye en sí un gran alivio. ¿Quién no desearía vivir en un lugar así? Pero cabe hacer ahora una pregunta importante… ¿Es el ambiente de nuestro hogar parecido a este? ¿Existe paz? o ¿Es una constante guerra, pelea y gritería? ¿Es el lugar donde desean volver todos los que de ella salen?

Lastimosamente algunas de las palabras más duras, hostiles e hirientes han sido dichas en el lugar que Dios propuso que fuera nuestro remanso de paz; nuestro hogar. Jesús dijo: “en el mundo tendréis aflicción” (Jn 16:33), pero mediante su muerte y resurrección nos ha garantizado que en contraparte; en la mansión celestial habrá una eterna paz, porque las primeras cosas habrán pasado y ya no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor (Ap 21:4).

De igual manera, el hogar terrenal debe ser nuestro refugio de las inclemencias y tempestades de la vida y el mundo cruel. En él, lejos de agravar, debemos recibir y sanar a los quebrantados de corazón (Sal 147:3), y vendar sus heridas con aceite y vino (Lc 10:34).

Nosotras como mujeres de Dios somos el termostato que regula, mide y establece el clima emocional y espiritual de nuestros hogares. Allí establecemos los estándares y parámetros de espiritualidad y buena conducta de los miembros de nuestro pequeño reino, para asegurar un ambiente de amor y paz. Todos necesitamos estructura y límites, y dirección sabia que dirija el cauce de nuestras frustraciones, dolencias, amarguras y temores, y el de nuestros amados.

Procuremos la paz de nuestros hogares estableciendo reglas, expectativas, enseñanzas y sana disciplina (Heb 12:11) que permita que el amor y la voluntad de Dios fluya, y que cada miembro de él sea bendecido y desee permanecer allí… desde los hijos hasta el cónyuge.

Propongámonos hacer de nuestra casa terrenal, “un hogar celestial”. Un lugar lleno de paz, en donde el cielo haya bajado, y Dios se pasee entre sus habitantes al aire del día. En gran parte depende de nosotras. ¡Que gran privilegio!

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