“Yo Jehová la guardo, cada momento la regaré; la guardaré de noche y de día, para que nadie la dañe”. (Isaías 27:3)

Cuando Dios habla directamente y hace afirmaciones en Su propio nombre, la palabra tiene una importancia especial para quienes creemos. El mismo Dios es el guardador de Su viña. En ocasiones algunos tratan de dividir la Palabra distinguiendo lo que es para la Iglesia y lo que es para Israel. Eso hace que muchas gloriosas promesas sean desechadas y el aliento de ellas no nos alcance. Se trata aquí de Su viña, esto es figura de Su pueblo. Es por tanto, para nosotros, puesto que el apóstol Pedro dice que somos el “pueblo adquirido por Dios” (1 P 2:9). Por tanto, la promesa es para los suyos y así la debemos tomar hoy.

La primera promesa es la del cuidado. La afirmación es breve pero concreta. Dios está comprometido con ella y cuando dice: “yo la guardo” lo hace sin duda alguna. Notemos que no es algo que hará ocasionalmente, sino siempre. El presente del verbo no exige que lo entendamos así: la guardo, ¿cuándo?, continuamente. No hay un solo instante que su protección no esté sobre nosotros. No confía este cuidado a ningún otro, sino que nos tiene bajo su propio cuidado personal. Si Dios es el que guarda, podemos sentirnos seguros. Nadie es más que Él, nadie podrá apartarnos de Su mano de amor.

Pero, junto con el cuidado, está la provisión. Nos cuida, pero también nos riega. No lo hace solamente en cada día, ni en cada hora, sino en cada momento. Quiere decir que nunca estaremos sin la provisión necesaria. Nos riega pero no para anegarnos. En ocasiones su riego será silencioso, sin que apenas no notemos, como el rocío que humedece. Son los tranquilos y silenciosos rocíos de la gracia que suministran el agua que necesitamos sin darnos cuenta. Son esas bendiciones que descienden continuamente, acomodadas a la necesidad de cada momento. Otras veces, cuando aflija profunda sed porque el sol de las tribulaciones incida con fuerza y nos sintamos sedientos por el fuego de las pruebas, el riego será más abundante para mitigar la sed espiritual. Dios promete regar nuestras vidas en cada momento. Puedo estar tranquilo, porque sé que lo hará.

Además hay también una vigilancia permanente. Este es Su compromiso: la guardaré de noche y de día. Aparecerán quienes procurará destrozar nuestras vidas. Como dice la Escritura, las zorras pequeñas, o el puerco montés. Pero no pasan desapercibidos, porque su mirada de protección está noche y día pendiente de nosotros. El Señor es nuestro guardador, y eso a todas horas. ¿Qué, pues, nos puede dañar? ¿Por qué inquietarnos? Él cuida, Él riega, Él guarda; ¿qué más necesitamos? Dos veces en el versículo dice que Él guardará. ¡Cuánta certeza, cuanto poder, cuanto amor, cuanta inmutabilidad! ¿Quién pude resistir Su voluntad? Él me dice: te guardo, ¿podré dudar? Lograré hacer frente a todas las circunstancias, a los enemigos y a mis tristezas, porque Él me dará Su provisión.

Oración: Señor, si tu me dices: te guardo, lo creo y te digo: Gracias, gracias, Señor.

Alabanza: Eres Señor Mi Fortaleza, Hillsong – https://www.youtube.com/watch?v=DT2lsK32H2k