“No está aquí, sino que ha resucitado” (Lucas 24:6).

Muerte y resurrección son dos aspectos de la obra de salvación. Ambas cosas, son imprescindibles. Fue entregado por nuestras transgresiones, pero también fue resucitado para nuestra justificación (Ro 4:25).

Lo mismo que ocurre cuando se piensa en cómo fue muerto el Señor y la mente se distrae en tantas cosas externas que impiden ver la realidad admirable de la obra hecha al ocupar nuestro lugar, así también pasa con la resurrección. Aspectos del entorno como los ángeles, la tumba vacía, el temor de las mujeres, la incredulidad de los discípulos, orientan nuestro pensamiento impidiéndonos disfrutar de las consecuencias de la resurrección.

Somos justificados porque el Señor ha resucitado. Sin la resurrección no habría el objeto de la fe, porque “si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Co 15:17). La vida eterna sería imposible para el creyente, porque se alcanza y disfruta por unión con Cristo. Los que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, recibimos vida al unirnos a Jesús por la fe: “y juntamente con Él nos resucitó” (Ef. 2:6), dicho de otro modo, al juntarnos con Él nos resucitó, y por tanto, hemos pasado de muerte a vida. Esa antigua naturaleza pecaminosa es cambiada por otra nueva forma de vida, “de modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Co 5:17). Transitamos por este mundo, sufrimos conflictos, tentaciones, dificultades y tristezas, pero resucitados con Cristo ya estamos sentados con Él en lugares celestiales. Las aflicciones son transitorias y pasajeras, pero nuestra seguridad es saber que somos ciudadanos del cielo. La resurrección de Jesús nos permite vivir en libertad. El pecado ya no se enseñorea de nosotros. El Espíritu actúa en nuestro interior para hacernos libres del poder de la corrupción del mundo y para vivir una vida de santidad. En una sociedad corrompida y perversa, nosotros somos como luminares que brillan en la oscuridad y pueden orientar otras vidas hacia Cristo.

Porque Jesús resucitó tenemos esperanza. No está asentada sobre cosas que vendrán en el futuro. No miramos a las glorias celestiales que están anunciadas para nosotros. No es la corona de victoria que recibiremos si somos fieles. Nuestra esperanza es Cristo mismo, “Él es en nosotros esperanza de gloria” (Col 1:27). Porque Él vive, nosotros viviremos con Él. Oímos su compromiso: “voy a preparar lugar para vosotros… vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros estéis conmigo” (Jn 14:2, 3). Nuestra esperanza es Jesús resucitado. La resurrección nos da seguridad. No habrá condenación para el que tiene a Cristo (Ro. 8:1). Tenemos los recursos de poder necesarios en cualquier situación, y podemos decir: “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4:13). En Él hay provisión para la vida diaria y gracia abundante para el alma en las pruebas. Tenemos también seguridad de amor, porque ninguna circunstancia podrá separarnos de su amor (Ro 8:35).

Oración: Con gozo y gratitud levanto mis ojos al cielo donde está sentado a la diestra de Dios, y digo lleno de seguridad: ¡Ha resucitado!

Alabanza: El Vive, MCassina – https://www.youtube.com/watch?v=ONTnYkV0ta4
Samuel Pérez Millos – Ministerio Pastoral Aliento © 2016 – Derechos reservados
Compartir
Artículo anteriorCon Los Ojos De Dios
Artículo siguienteHalladas En El