“…Raquel…dijo a Jacob…Dame hijos, o si no, me muero.” (Génesis 30:1)

Aunque, en un principio, las personas de voluntad férrea, decididas, emprendedoras, dispuestas a vencer todos los obstáculos con tal de llegar a la meta que se han trazado son admiradas y constituyen el “ejemplo a seguir” por la mayoría, como cristianas debemos tener cuidado en no limitarnos a observar los resultados externos sino la actitud del corazón detrás de cada logro que perseguimos.

Es por eso que cuando vemos la historia de Raquel, quien, al igual que la generalidad de las mujeres, podría haber tenido un fuerte anhelo de tener sus hijos -lo cual en sí mismo no es pecaminoso ya que la misma Biblia nos dice que “los hijos son herencia del Señor” (Sal 127)- y al “escuchar” su petición-reclamo a su esposo Jacob en Gen30:1, no podemos partir a la ligera creyendo que simplemente se trataba de una mujer dispuesta a pagar el costo de la maternidad, sino que debemos profundizar en la raíz de ese grito de desesperación.

Varias razones podían subyacer en su corazón, pero hay una que está claramente identificada en la Biblia cuando el mismo v.1 nos dice que Raquel “tenía envidia de su hermana” pues según Gen 29:31“Vio el Señor que Lea era aborrecida, y le concedió hijos; pero Raquel era estéril”. El desprecio de Lea provenía de que “Jacob amaba a Raquel” por lo que le parecieron “pocos días” trabajar siete años más para Labán a pesar del engaño por parte de éste (Gn 29:18-20).

Sin embargo, a Raquel no le resultaba suficiente el amor de su marido, sino que envidiaba la porción que Dios había entregado a Lea (los hijos) sin considerar que ella (Raquel) tenía lo que Lea anhelaba (el amor de Jacob) por lo que permitió que las punzadas de la envidia enfermaran su corazón al extremo de reclamarle a su esposo con palabras similares a las de aquella famosa canción “aunque me cueste la vida” que lo único que a ella le interesaba era tener hijos.

Esas palabras deben haber resultado hirientes para Jacob ya que todo el amor que le había profesado no significaba nada para ella. Pero aún más, deben haber entristecido el corazón de Dios Quien la había bendecido con belleza física y el amor de un esposo. Pero del corazón de Raquel no salían palabras de agradecimiento sino de insatisfacción.

Al detenernos a observar otra historia similar, la de Ana (la madre de Samuel) quien también tenía un fuerte anhelo por tener un hijo, nos percataremos que la diferencia entre ambas mujeres radicaba precisamente en la actitud de sus corazones; mientras Ana clamó a Dios, Raquel reclamó a su esposo; mientras Ana pensaba dedicarlo al servicio al Señor (lo que demuestra que no había idolatría en su corazón hacia la idea de concebir un hijo), Raquel lo valoró por encima de su propia vida.

Lo triste es que Ana pudo tener más hijos luego de Samuel pero Raquel murió en el parto de su segundo hijo. Tuvo los hijos, y murió contrario a su petición “dame hijos o muero”, aquello que ella consideraba que era la vida, se convirtió en su muerte.

Oración: Señor, perdónanos cuando nos empecinamos en que se haga nuestra voluntad y no rendimos nuestro corazón a la Tuya; desarraiga toda idolatría de nuestro corazón. Por Tu Amado Hijo te lo pido. Amén.

Alabanza Sugerida: Con Mis Manos Levantadas, DMontero – http://www.youtube.com/watch?v=r2vAYR7xFLs

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