“Y ya no habrá muerte” (Apocalipsis 21:4)

La semana pasada consideramos la primera bendición que esperamos cuando estemos con Cristo en el lugar que prepara para nosotros. Las lágrimas cesarán para siempre, al ser enjugadas por Dios. El texto dice cuál será la segunda experiencia de felicidad perpetua: y ya no habrá muerte.

La muerte en la Biblia no es un estado de término, sino de separación. De modo que la muerte física es la situación que se produce cuando se separa la parte material y la parte espiritual de nosotros. Aunque tenemos segura certeza de un encuentro con los que nos han precedido en la carrera cristiana y que han sido recogidos para estar con Jesús, la muerte produce un enorme impacto y una profunda tristeza. Es una experiencia demoledora. Aquellos a quienes hemos amado profunda e intensamente, ya no están presentes en nuestra vida, a nuestro lado, con nosotros. La compañía se ha interrumpido, las  conversaciones cesaron e inevitablemente tenemos que llorar.

Posiblemente alguno de los que estáis leyendo esta reflexión tenéis reciente esta experiencia. Es verdad que la certeza de las promesas del Señor mitigan la tristeza natural de quienes vemos partir a alguno de nuestros seres queridos, sin embargo, el creyente no solo derrama lágrimas por esa situación, sino que ninguna porción bíblica hay para que no lo haga. Algunos creen que no llorar por quienes parten con el Señor es un testimonio eficaz de esperanza delante de los que no creen. Este pensamiento se sustenta en una mala interpretación de las palabras del apóstol Pablo, que exhorta a los creyentes a no llorar como los que no tienen esperanza (1 Ts 4:13), pero, en ningún modo prohíbe expresar con lágrimas la tristeza natural por la ausencia del ser querido, teniendo en cuenta que el mismo Señor lloró,  conmovido en espíritu, por la tristeza que la separación de su amigo Lázaro producía en sus hermanas.

Juan afirma que en el lugar de gloria que Jesús prepara para nosotros no habrá muerte. Esta habrá sido lanzada al lago de fuego (Ap 20:14). No solo dejará de existir para nosotros, sino que no será posible su presencia. La inmortalidad no puede ser afectada por la muerte. Alejada para siempre, ajena al pueblo de Dios en la dimensión de vida de la nueva creación, el estado eterno será sólo de vida, donde la separación de los nuestros y de los amigos no tendrá lugar jamás. El último enemigo destruido será la muerte (1 Co 15:26). Parece que tarda esto, pero ciertamente será así porque es Dios mismo que lo asegura en la Palabra. La reunión eterna en la ciudad celestial no será truncada para nadie por la muerte. De ahí que el apóstol Pablo diga que desde el momento en que seamos recogidos por Cristo estaremos siempre con él. ¿Te imaginas esa bendición?

Ahora puedo comenzar a disfrutarla, saludando de lejos la promesa. Levanto mis ojos y veo que con Jesús están también saludándome los que han partido de mi vida, dispuestos para darme la bienvenida y estrecharnos en un eterno abrazo. El gozo perpetuo dará paso a la tristeza del presente. En la entrada al hogar celestial podré leer esta promesa: aquí no hay muerte.

Oración: ¡Oh, Señor! quiero sentir hoy el aire del cielo y bendecirte agradecido por la promesa mientras te digo: ¡Gracias, gracias Señor! En Cristo Jesús, amén.

Alabanza: Tómalo, Hillsong – https://www.youtube.com/watch?v=iCYny8-bvN8

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org