“Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará” (Isaías 43:21).

Cada uno de nosotros tenemos un interés que muchas veces se hace prioritario en las vidas y es satisfacer nuestras necesidades. Esto no es malo en sí mismo, necesitamos alimentarnos, vestirnos, aliviar nuestros dolores, buscar remedio a nuestras enfermedades, etc. Sin embargo, aunque eso es lícito, Dios nos ha creado como pueblo suyo, con un propósito principal: que proclamemos Sus alabanzas. De otro modo, mientras el mundo se olvida de Él, nosotros somos llamados a proclamar ante todos lo que Dios es para nosotros. Su grandeza no puede pasar desapercibida, la gloria de Su majestad debiera impactarnos continuamente sobre todo cuanto nos rodea. Nuestra vista orientada a las pequeñeces de esta vida, impide percibir la grandeza del Señor.

Alabar a Dios es reconocerlo por lo que es y proclamar lo que Él hace cada día. Sólo Él es digno de estar sentado en el trono de gloria (Ap 4:2). Tiene el esplendor propio de la deidad expresada en la gloriosa dimensión de todo lo que ha creado. Nada más impresionante que levantar nuestros ojos a un cielo estrellado y saber que todas esas millones de estrellas, las miles de galaxias, nuestro mundo y nosotros, somos hechura de Su mano. Nada de cuanto existe fue resultado de la casualidad, sino de la determinación poderosa del Creador que dijo sea y fue hecho. Al mirar esa grandeza no nos queda otro camino que decir como el salmista: “¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Sal. 8:4).

Ciertamente si somos tan pequeños, nuestros problemas no pueden ser tan grandes como se nos antoja. Al ver al Creador, Él se engrandece y nosotros venimos a ocupar nuestra verdadera dimensión. Por esa razón debe recibir “toda la gloria” (Ap 4:11). No le damos nada, la gloria es el esplendor que corresponde a la esencia divina de Dios. Pero también debe recibir “el honor” o “la honra”, como expresión de reconocimiento que deben a Él todas las criaturas. Es necesario recordar que todas las cosas creadas vinieron a la existencia, no sólo por Su omnipotencia, sino también porque “por tu voluntad existen y fueron creadas” (Ap 4:11). La totalidad de la creación y las individualidades que la forman, desde las gigantescas estrellas hasta los microorganismos más pequeños, vinieron por Su sola voluntad. Tú y yo también, Él nos hizo y no nosotros a nosotros mismos. Por eso debe ser glorificado, porque la creación hace visible a los ojos de la criatura la dimensión todopoderosa de nuestro Dios.

Debo notar el versículo y preguntarme ¿por qué estoy aquí? Dios me dice que formo parte de un pueblo que Él creó para publicar Su alabanza en medio de un mundo que le niega todo reconocimiento y adoración. No me ha puesto aquí para que esté pidiéndole continuamente remedio a mis males, sino para que levante mis ojos al cielo y viendo Su grandeza, dedique cada momento a darle gracias y tributarle gloria.

Oración: Padre, gracias por hacerme comprender que yo debo ser una expresión visible de adoración. Que mis quejas se detengan y mis lamentos cesen. Que recobre la razón por la que Tú me has puesto aquí. La adoración y la alabanza no son una actividad, sino una actitud. Por eso hoy digo yo: “Señor, digno eres de recibir la gloria, y la honra, y el poder”.

Alabanza: Recibe Toda la Gloria, JMelgar  – https://www.youtube.com/watch?v=OYw3b0PtnE4

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org