“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15).

Muchas preguntan: ¿para qué orar si Dios ya sabe lo que hay en mi mente y en mi corazón? Pues la oración además de permitirnos hablar con Dios y conocer Su mente, transforma nuestro ser.

La oración tiene cuatro propósitos principales. Los mismos fijan nuestra mirada en Dios, al tiempo que nos dan lecciones personales muy valiosas:

Adoración: La adoración dirige nuestros afectos y sitúa nuestro corazón en manos de la persona idónea; Dios. Cuando le adoramos le rendimos tributo por quien él es. Pero no solamente le adoramos cuando cantamos, sino también cuando oramos  (1 Cr 29:10-13).

Confesión: La confesión nos enseña a ser sincera y humilde. Elimina de nuestro corazón todo orgullo al reconocer y enumerar nuestras faltas. Hay misericordia para quien confiesa su pecado y se aparta (Pr 28:13). Luego, gracias a la sangre de Jesús podemos disfrutar del perdón, la limpieza y la renovación espiritual (1 Jn 1:7-10).

Gratitud: La gratitud  es el antídoto para la ansiedad (Flp 4:6). Nos hace reflexionar en las bondades de Dios a nuestro favor y descansar en Su fidelidad. Dar gracias a Dios en oración aparece como una exhortación contínua en diversas porciones de la Biblia.

Súplica: La súplica enfoca nuestra mirada en la dirección y persona correcta… ¡Dios! La Escritura nos anima a elevar nuestras súplicas a Dios (Flp 4:6), y a hacerlo “con nuestras bocas, no con nuestras mentes”.

Amada, adora a Dios con tus labios y tu vida, confiésale todos tus pecados y apártate de ellos, dale gracias por todo y en todo, y suplícale por tus necesidades y las de los demás.

Oración: Señor Amante, gracias por la oportunidad que me brindas de hablar Contigo y de ser transformada en el proceso. Gracias porque al orar gano por partida doble, y en adición Te adoro. En el nombre de Jesús, Amén.

Alabanza: Junto A Tus Pies, DMontero – https://www.youtube.com/watch?v=0J32Jz5K7XE

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