“Ordena mis pasos con tu palabra” (Sal 119:133)

Una nueva estrofa del Salmo (vv. 129-136). Dios revela en ella tres pasos que debemos dar en el camino de la bendición.

El primero paso tiene que ver con la Palabra (v.129). La califica de maravillosa, porque es grande y Dios se revela en ella. Procede de Dios mismo, de modo que es tan maravillosa como Él es. Habla con nosotros sólo por medio de ella. La inspiración hace que no tenga ningún error, y Su Espíritu, al soplar en ella le comunica vida, haciéndola eficaz o vital para nosotros. Es maravillosa por el aliento de sus promesas. El tiempo pasa, la sociedad cambia, los problemas son distintos, los hombres dejamos de ser, pero “…la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Is 40:8). Si es verdaderamente maravillosa, guardaremos sus mandamientos, por tanto, nuestra vida estará controlada por ella. El camino que puede estar rodeado de sombras se ilumina con su luz (v.130). La sabiduría para enfrentar la vida de cada día estará a nuestra disposición porque ella “hace entender a los simples” (v. 130b). Como el ciervo que busca el agua, así el corazón creyente suspira por la Palabra que anhela (v. 131). Con esto la paz llenará nuestra alma, en medio de tormentas que pudieran inquietarnos, porque “mucha paz tienen los que aman tu ley” (v.165).

El segundo paso está relacionado con la oración. Así debe ser el clamor en la dificultad: “mírame, y ten misericordia de mí” (v.132). Es primero una petición de comunión: mírame; pero a la vez es la oración que, expresando necesidad, manifiesta también confianza: “como acostumbras con los que aman tu nombre” (v.132b). Dios ha mostrado siempre Su misericordia con Sus hijos, por tanto, lo hará también con el que clama. Es una seguridad cierta que descansa en el amor divino: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Ro 8:32). Oyó a todos, me oirá también a mí. Esa oración pide por dirección (v. 133). Ordenar nuestra vida corresponde a Dios: “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y Él aprueba el camino” (Sal 37:23). El grave problema surge cuando somos nosotros los que queremos hacerlo, conforme a nuestros criterios. Es una oración que pide protección (v. 135). Cuando vemos la gloria del Señor somos transformados. No es el Dios de la religión, sino el vivo, resplandeciente, que impacta y transforma.

El tercer paso descansa en las lágrimas (v.136). No hay promesa para el que se queja, pero la sí para el que llora (Mt 5:4). Las lágrimas son la expresión visible de la conmoción interna. Puede ser que ante nuestras pruebas nos encolericemos, pudiera ser que solo haya lamentos por la situación que vivimos. Pero, en medio de la angustia más grande, el Señor nos dio ejemplo de “ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que podía librarle… y fue oído por su respeto reverente” (He 5:7).

Tengo la seguridad de que seré oído. Mis pruebas son muchas. Mis aflicciones, grandes. Pero el aliento de la Palabra, el recurso de la oración, y mis lágrimas traerán paz a mi vida.

Oración: Padre no soy nada, ni puedo nada, pero, ahora debo decir al Señor: “Mírame, y ten misericordia de mí, como acostumbras a los que aman tu nombre”. En el nombre de Jesús, amén.

Alabanza: Lo Único Que Quiero, AZavala – https://www.youtube.com/watch?v=xjhyPwO8MSk

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org