“Tu justicia es justicia eterna” (Salmo 119:142).

La estrofa (vv. 137-144), tiene un tema central que es la justicia. Comienza llamando justo a Dios, enseña que Su justicia es eterna (v.142), para concluir llamando la atención al manual de justicia eterna que es la Palabra (v.144).

La justicia es un atributo divino, el salmista afirma: “Tú eres justo”. Esa perfección divina hace que Dios se ajuste en todo a la más estricta rectitud y actúa siempre conforme a ella (v.137). Los actos de Dios, aun aquellos que nos parecen incomprensibles, son siempre justos. Una de las manifestaciones de la justicia de Dios es que no hace acepción de personas (Hch 10:34). En momentos en que los problemas nos acosan y nos parece que Él nos ha olvidado, Su justicia está presente, por lo que no seremos consumidos. La misericordia divina se hará nueva en cada mañana, haciendo grande Su fidelidad (Lm 3:22-23). La más grande evidencia de la justicia de Dios es la obra de salvación. Ningunas palabras adquieren mayor dimensión que estas: “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas” (Ro 8:9). La justicia divina descargó sobre el Salvador nuestras culpas y transgresiones y, por esa obra, no solo nos otorga la justificación, sino que nos hace “justicia de Dios en Él” (2 Co 5:21). Por tanto, si Él es justo, sus juicios son rectos. Cualquier disposición Suya, incluso cuando permite que seamos afligidos, está rodeada de justicia y rectitud.

El Salmo nos recuerda de nuevo lo que es la Palabra. Salida de Dios, Justo, Santo y Puro, ella es también pura (v.140). Él revela en ella Su santidad. La obra redentora de Jesús es el resultado de la santidad de Dios, que deseando tenernos cerca de Sí y hacernos Sus hijos, envió a Su Hijo, para que naciese pobremente, viviese rechazado y muriese como un delincuente sobre una cruz. Porque Él es santo (Sal 22:3). Jesús tuvo que ser hecho maldición para que nosotros en Su justicia fuésemos redimidos de la maldición de la Ley (Gá 3:13).

La Palabra permite medirnos en la dimensión adecuada y decir como el salmista: “pequeño soy yo”. El creyente que vive en dependencia de Dios y sigue a Cristo progresa hacia una mayor humildad. El apóstol Pablo escribía al principio de su ministerio, que era “el más pequeño de los apóstoles” (1 Co 15:9); más adelante diría que era “el menor de todos los santos” (Ef. 3:8); al final de su ministerio se considera como “el primero de los pecadores” (1Ti 1:15). Nuestra justicia ha de medirse con la medida absoluta de la justicia de Dios. No se trata de asuntos religiosos o de estilos y formas; no es llevar o no llevar una cruz como adorno; no es tener muy de mañana un devocional. La justicia es vivir al Justo, que es Jesús (Fil 1:21). La justicia de Dios es eterna (v.142), quiere decir inalterable, siempre la misma, porque no proviene del hombre sino de Dios. Finalmente hay aflicción y angustia que, en ocasiones, se apoderan de nosotros (v.143). El ejemplo supremo en estas circunstancias es fijar nuestra vista en el que sufrió gran contradicción de pecadores, para no desalentarnos (He 12:3).

Oración: Gracias Padre porque bien puedo hoy descansar en Jesús, en la angustia encomendarle el problema y esperar en Su justicia. Por eso pido: “Dame entendimiento, para poder vivir”. En el nombre de Cristo, amén.

Alabanza: De Tal Manera, AZAvala – https://www.youtube.com/watch?v=qcLXYLh5mP8

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org