“Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).

Mirémoslo así y quedemos asombrados. ¿Quién podrá comprender misterio tan grande? Dios hecho hombre. Ninguna mente humana será capaz de entender el  misterio de la gracia en la dimensión que tiene. Contraste supremo que escapa de toda inteligencia. El Creador manifestado como criatura; El Eterno, hecho un hombre del tiempo y del espacio; El Sustentador del universo, de ángeles y hombres, sustentado en brazos de Su madre; El Consolador de los afligidos, llora como un niño y necesita el cuidado de María; El que alimenta a toda criatura, necesita ser alimentado; El que nunca duerme porque cuida siempre de Su pueblo, duerme envuelto en pañales y acostado en un pesebre; El que es felicidad infinita, gemirá en la angustia de Getsemaní; El Fuerte, siente la debilidad y el cansancio del hombre; El que es vida eterna, gustará la muerte por todos. Pero, míralo así, alma mía, detente un instante y contémplalo. Es Emanuel, Dios con nosotros. En Él la gracia y la verdad se personifican, y en ese niño envuelto en pañales, Dios viene a nuestro encuentro, para hacerse nuestro compañero, todavía más, no solo se aproxima a nosotros, sino que se aprojima, se hace nuestro prójimo y compañero de andadura. En Su naturaleza humana, sufre nuestros males, experimenta nuestras tentaciones, siente nuestros desprecios, llora nuestras lágrimas y muere nuestra muerte. Ese es el verdadero significado de la Navidad.

Miremos esta fecha como el discurso del amor de Dios expresado en hechos y no en palabras. Observo el texto y descubro que aquel inocente niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, está lleno de gracia. El admirable Dios no me llama desde la lejanía, ni exige de mí que me acerque a Él haciendo algo por mi parte para salvarme. Él sabe que ni puedo ni quiero hacerlo. Por eso viene a buscarme (Lc 19:10). El Buen Pastor extiende Su mano para tomarme en mi miseria, ponerme sobre sus hombros y llevarme al redil de la seguridad de salvación eterna. Pero, al ver Su mano me doy cuenta que conserva las señales de los clavos de una Cruz. No hay salvación sin cancelación de la deuda del pecado. El pesebre abre el camino hacia la Cruz. Dios viene en admirable entrega de amor. Su gracia me constituye en hijo de Dios, Su amor me hace partícipe de Su herencia. Me pregunto emocionado: ¿Por qué lo haces, Señor? Y recibo la respuesta: Me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gá 2:20). Pero hay algo más: está también lleno de verdad, esto es, de fidelidad. La demostró en el hecho de venir al mundo cuando llegó el cumplimiento del tiempo.

Miro el pasado desde la gracia y puedo decir con gratitud y emocionada seguridad: “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Ro 8:1), pero veo el futuro desde la fidelidad y estoy seguro que Él está conmigo todos los días hasta el fin. Que su tarea es orientar todo para mi bien. Que en la angustia está a mi lado, en la alegría siento Su gozo, en las inquietudes disfruto de Su paz, en las tormentas de la vida sé que increpará el viento y al mar y tendré bonanza.

Oración: Padre, solo cabe la expresión de gratitud: “Alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad” (Sal 138:2). En el nombre de Jesús, amén.

Alabanza: Majestad, IRosario – https://www.youtube.com/watch?v=FwSdBULhAOg

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org