“Porque yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26).

La situación era grave: un pueblo sediento frente a un manantial amargo. Moisés clama a Dios y Él interviene sanando el agua. Fue un pasar de muerte a vida, y Dios se proclama a sí mismo como Jehová es tu sanador.

Dios es el que sana espiritualmente. Trata el pecado como una enfermedad mortal y “ciertamente llevó él nuestras enfermedades” (Is 53:4). El pecado conduce a la muerte. Presente desde Adán como elemento destructor, aleja al hombre de la vida y lo introduce en la experiencia de la muerte espiritual. Rompe el equilibrio de la vida y convierte el presente en “tiempo peligroso”, donde el odio reina y la sin razón forma parte del paisaje humano. Como enfermedad debilita la moral del hombre porque “Dios le entregó a la inmundicia… a pasiones vergonzosas… a una mente reprobada” (Ro 1:24, 26, 28). El pecado produce dolor. Un mundo sumido en lágrimas. Jehová el sanador intervino dando la sanidad por medio de la obra de Jesucristo. Nos ha dado un corazón nuevo, una vida transformada, una sanidad total: “El es quien santa todas tus dolencias, el que rescata del hoyo tu vida” (Sal 103:3-4). Es más, podremos ser tentados o seducidos por nuestra naturaleza y caer, pero, nuestro sanador ha provisto de la medicina restauradora que es la confesión. No hay pecado que no tenga perdón. No hay creyente que no pueda ser restaurado por Dios. Jehová tu sanador, puede también, según Su propósito, restaurar nuestra salud física, es cuestión de llevar el problema ante su presencia y esperar en Él. ¿Y si no sana? Siempre dará la fuerza para sobrellevar la enfermedad y siempre estará a nuestro lado como promete: “Con él estaré en medio de la angustia” (Sal 91:15).

El médico que sana establece el modo de vida sana. Las condiciones son sencillas:

1) Atención a sus indicaciones. Significa dedicar tiempo a la Biblia. Es el remedio para evitar el pecado: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Sal 119:11).

2) Vida santa. No se trata de una  santidad aparente y costosa. No son asuntos externos y de formas. Santidad es una vida que vive a Cristo en el poder del Espíritu.

3) Vida obediente. Hay abundantes bendiciones para la obediencia: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos” (Ex 19:5).

4) Vida de oración. No hay circunstancia adversa, ni enfermedad grave, no conflicto intenso que pueda impedir la oración. El diálogo sencillo con nuestro Sanador. Buscando el aliento y la ayuda de nuestro Padre del cielo, que porque nos ama vendrá en nuestro socorro, sanando nuestra inquietud.

¡Que aliento produce conocer a Dios como el que sana! El médico conoce nuestra debilidad. Llevó antes nuestras enfermedades y está dispuesto a restaurar nuestra salud espiritual. Dios puede hacer un milagro en nosotros hoy. No solo en sanidad espiritual, sino también en sanidad física. Si nuestra enfermedad es espiritual necesitamos, como Pedro, el canto del gallo y la mirada de los ojos de Jesús. Nadie desespere porque si restauró al que le negó, restaurará también nuestras vidas.

Oración: ¡Oh, sí, Señor, quiero conocerte hoy como mi Sanador! Amén.

Alabanza: Dame A Cristo, Sarah Jeréz – https://www.youtube.com/watch?v=ZbVq4VciV4o

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados ©2017  –www.Maestrasdelbien.org