Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo”. (Mateo16:19)

Cuanta controversia ha producido a lo largo de los años la interpretación de esta promesa que Jesús dio a Pedro, luego de reconocer que El es el Cristo y el Hijo del Dios viviente en Mateo 16:16. Muchos han interpretado que Pedro estaba siendo conferido como cabeza de la Iglesia y que como tal solo él tenia la autoridad para permitir que alguien entrara al cielo. Y muchos han entendido que Pedro tiene unas llaves físicas que abren la puerta literal del cielo y que primeramente hay que reunirse personalmente con él para que decida si alguien puedo o no tener acceso al cielo. Cuanto error hay en esas y cientos de teorías falsas que han llenado de ignorancia las mentes de muchas hasta nuestros días.

Cuando Jesús pronuncio estas palabras, estaba implícitamente, informando a Pedro el papel trascendental que tendría en la expansión del reino de Dios y estaba comisionándole a predicar Su Palabra. Lo vemos confirmado luego de Su resurrección, cuando le pregunta tres veces si lo ama y ante las respuestas de Pedro le responde: “Apacienta mis corderos, Pastorea mis ovejas, Apacienta mis ovejas y Sígueme”. (Mt 28:15-19). Pedro estaba siendo preparado para recibir la llenura del Espíritu Santo que sucedería en Pentecostés y para pronunciar su primera predicación publica, con la cual se convirtieron el mismo día más de tres mil personas. Y por supuesto, con estas palabras se le estaba diciendo cuanta gloria llevaría a Dios su testimonio de vida y muerte. Pedro murió crucificado al igual que Cristo, pero se sintió indigno de morir igual que El y pidió que lo crucificaran boca abajo.

Amadas hermanas, al igual que Pedro nosotras hemos sido llamadas a jugar un papel trascendental en la expansión del reino de Dios, y esas mismas llaves del cielo que fueron entregadas a Pedro, también fueron entregadas a nosotras el día que creímos en Cristo. Se nos ha conferido autoridad para abrir el cielo a otros a través de la predicación del Evangelio. ¿Cuantas veces sentimos esa voz audible que nos dice; ‘devuélvete y dile a ese hombre o a esa mujer que les amo’, y por vergüenza seguimos nuestro camino. ¿O cuantas son las ocasiones en que sabemos que tenemos que dar un testimonio de la obra de Dios en nosotras y nos callamos?

Oración: Padre, el mundo te necesita. Queremos ser instrumentos útiles en tus manos. Ayúdanos a predicar tu Palabra a tiempo y fuera de tiempo. Quita de nosotras la pereza y el orgullo y danos un espíritu pronto para acudir en auxilio de aquellas que no te conocen. Perdónanos por las veces en que hemos sido negligentes y prepara nuestras manos para la batalla. Fortalece nuestras rodillas, porque somos débiles. En Cristo te lo pedimos. Amen.

Alabanza: Yo Iré, Steve Green – https://www.youtube.com/watch?v=hHGUVQaM9PU

Belinda Castellanos para Maestras del Bien ©2017 – Derechos reservados www.maestrasdelbien.org

Compartir
Artículo anteriorVida Plena
Artículo siguienteUn Grito Desesperado