“Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza”. (Salmos 126:1-2)

Yo no sé cuántas  al encontrarse lejos de su país por espacio de un largo tiempo, han experimentado una sensación de nostalgia por su tierra. Los españoles le llaman “morriña” a este sentimiento de tristeza que embarga al inmigrante por su tierra natal. Cuando viajamos a Estados Unidos o cualquier otro país, después de la segunda semana comienzan a brotar los primeros síntomas de añoranza por nuestros seres amados y por el país, a pesar de la carga propia de problemas políticos, de insalubridad, de apagones eléctricos, falta de agua, etc., que caracterizan a nuestro terruño querido, y que forman parte de nuestra cotidianidad.

Una sensación semejante de extrañeza experimentaron los judíos de la cautividad al ser desarraigados de su tierra Israel y llevados cautivos a Babilonia; nación hostil, por setenta años. Después de un tiempo, esos judíos deportados comenzaron a extrañar sus montes, valles, ritos ceremoniales, fiestas solemnes, cánticos tradicionales, el templo y todo aquello que era parte de sus vidas y que los identificaba como un pueblo único y especial, que habían sido separados por el Dios único y verdadero para servirle y proclamarle. Es en ese contexto que nos llega como un anhelo ferviente convertido en cántico el Salmos 126:1,2 como una oración del pueblo de Israel exiliado de su tierra amada: “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad, seremos como los que sueñan”. Ellos descansaban en la esperanza de un pronto retorno, confiando en la fidelidad de Dios en su pacto y su misericordia infinita para con ellos.

Por eso suspiran: “Cuando Jehová hiciere volver la cautividad”. Ellos estaban conscientes que los únicos culpables del destierro eran ellos mismos; por su maldad, sus pecados y su rebeldía contra los preceptos divinos. Dios los había expulsado de su tierra para enseñarles que el pecado trae sus consecuencias. De la misma manera, ellos entendieron que sólo Dios podía regresarlos por causa de su gran Nombre, de su amor y por la promesa hecha a Abraham. Para ellos, volver a pisar la tierra santa sería como un feliz despertar después una larga pesadilla. Por eso dice el texto: “Seremos como los que sueñan”, es decir, como aquellos que tienen anhelos y deseos y logran ver esos sueños convertirse en realidad. En aquel día, la felicidad sería exuberante e incontenible para ellos: “Entonces nuestra boca se llenará de risa, nuestra lengua de alabanza”. Ver la misericordia de Dios actuar una vez más en favor de ellos como nuestro debe ser un motivo de plenitud de gozo y de intensa alabanza. Toda la alabanza que negamos dar al Dios de gloria por causa de la dureza de nuestros corazones, en el día de nuestra liberación debe resultar en corazones desbordantes de gratitud inefable. ¡Qué triste es tener que pasar por la amarga experiencia del exilio o separación, para tener que rendirnos ante la majestad del Nombre de Dios y reconocer que de Él es la gloria, el imperio, la sabiduría y el poder!

Amadas, nosotras al igual que Israel estamos en tierra extraña. Aunque estamos en el mundo en verdad no pertenecemos a él. Nuestro anhelo debe ser el mismo de Israel en la tierra de Babilonia. ¡Cuánto deseamos estar en nuestra morada celestial, el cielo, que es nuestra verdadera patria!  Entonces, en aquel día, “nuestra boca se llenará también de risa”, cuando entremos al gozo de nuestro Señor (Mt 25:21), no por un mes ni por 70 años, sino por toda una eternidad.

Oración: Gracias amado Señor, porque estaremos Contigo en la eternidad por los siglos de los siglos. Amén.

Alabanza: Mas Allá del Sol, SGreen – https://www.youtube.com/watch?v=ONcYMLLjyVQ

Carmen García de Corniel para Maestras del Bien © 2017 – Derechos reservados www.maestrasdelbien.org