Dios, nuestro Creador hizo dos personas perfectas, Adán y Eva. Pero cuando ellos rebelaron contra Él, el pecado no solamente entró en sus naturalezas sino cambió su genética, pasando de la inmortalidad a seres temporales. Subsecuentemente,  todos nosotros que hemos descendido de ellos hemos nacido con la misma naturaleza pecadora. La perfección de Dios fue alterada, pero con un propósito, demostrar al mundo Su autoridad y Su poder, y luego demostrar que sin Él, somos incapaces de hacer lo bueno. Esta naturaleza, ahora pecadora, produce en nosotros una necesidad de perdón. Como nuestro corazón es engañoso (Jeremías 17:9), nos convence que estamos bien pero la consciencia, puesta por Dios, nos demuestra que somos malos y la lucha entre el corazón y la consciencia persiste hasta que los deseos del corazón son redimidos por Cristo.

Jesús nos perdonó en la cruz pero hasta que nos apropiamos de este perdón en las áreas pecaminosas que reside en nuestra mente, la libertad que nos trae es inefectiva en nuestras vidas. Hechos 3:19 nos recuerda “Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor.” Sin Su presencia, estos tiempos de refrigerio escapan de nosotros y la lucha persiste. 2 Corintios 5:17 nos dice que “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas.” Al venir a Cristo, nuestra posición ante El cambia, un cambio de muerte a la vida sucede y esto trae un cambio en nuestra disposición hacia querer a servir a Cristo.  El problema reside en que no sabemos cómo hacerlo y para complicarlo más, tampoco entendemos la ¡profundidad de la maldad que reside en nuestro corazón!  Como el cambio es progresivo, comenzamos a ver los pecados más obvios y luchamos contra esos, pero los ídolos que están produciendo estos mismos deseos todavía persisten y hasta que los identifiquemos y más aun renunciemos a ellos, los tiempos de refrigerio se nos escaparán.

El primer mandamiento de la ley de Dios nos recuerda  “No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás ídolo… No los adorarás ni los servirás; porque yo, el SEÑOR tu Dios, soy Dios celoso” (Éxodo 20:3-5), y Mateo 22:37 confirma que esto es ¡el mandamiento más importante! “AMARAS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZON, Y CON TODA TU ALMA, Y CON TODA TU MENTE.” Para los hebreos, el corazón significaba nuestra disposición combinada con las decisiones pragmáticas que hacemos. El alma significaba nuestras actitudes y la intuición, y la mente significaba el pensamiento racional. Entonces, Cristo está diciendo que Dios tiene que ser primero en todas nuestras decisiones, nuestras actitudes y nuestros pensamientos y no reservado solamente en nuestras acciones y no en ocasiones sino todo el tiempo.

La pregunta obvia es ¿cómo un corazón engañoso, con una mente fabricadora de ídolos puede amar a Dios completamente? Nuestras motivaciones usualmente son por ganancia personal, para conseguir lo que queremos o para que podemos lucir bien y increíblemente, podemos engañar a nosotros mismos pensando que nuestras acciones están demostrando la capacidad de Dos trabajando en uno. Sin embargo, Gálatas 2:20 nos enseña que “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí.” No se trata de nosotros sino de Cristo. Todo lo que pensamos, todo lo que hablamos, y todo lo que hacemos es por Cristo y no por nosotros. El “filtro” por lo cual evaluamos la vida se cambia, ya no es por nuestros deseos y ideas sino para lo que Cristo quiere que hagamos. En esta forma podemos vivir como Romanos 6:11 nos instruye “muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.” Si no queremos destruir nuestros ídolos aun después de identificarlos, Dios los destruirá (Miqueas 5:13). A. W. Tozer dijo “Dios salvará a un hombre…pero no le salvará a él y sus ídolos.” Jonás 2:8 lo dijo en esta forma “Los que confían en vanos ídolos su propia misericordia abandonan.”  Identificando los ídolos, sin arrepentirse de ellos mientras seguimos adorándolos es minimizar lo que Cristo hizo en la cruz y exaltarnos a nosotros mismos. Cristo no murió para que nosotros solamente los identifiquemos, ni para que podamos confesarlos sino que Cristo murió ¡para darnos el poder de destruirlos!  Efesios 4:22-24 nos exige “que en cuanto a vuestra anterior manera de vivir, os despojéis del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos, y que seáis renovados en el espíritu de vuestra mente, y os vistáis del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad.” El “os despojéis del viejo hombre” y “os vistáis del nuevo hombre.” Se nota que son mandamientos y no sugerencias.

Jesús murió para darnos el poder de destruir nuestros ídolos, pero cuando rechazamos destruirlos somos cegados por las tinieblas en nuestra mente aun siendo creyentes como 1 Juan 2:9-11 nos explica  “El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está aún en tinieblas. El que ama a su hermano, permanece en la luz y no hay causa de tropiezo en él. Pero el que aborrece a su hermano, está en tinieblas y anda en tinieblas, y no sabe adónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.” Mientras caminamos con Dios “la exposición de tus palabras imparte luz; y da entendimiento a los sencillos” (Salmos 119:130). Cuando los cristianos están caminando como si aun estuvieran ciegos, ellos no pueden agradar a Dios (Romanos 8:7-8), y como los tiempos de refrigerio vienen de Él, permanecemos en la lucha y por ende, estos tiempos nos escapan. Como Romanos 8:32 nos ha enseñado “El que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con El todas las cosas?” La pregunta obvia es entonces ¿cómo es posible que sigamos adorando dioses falsos, dioses que no solamente no pueden resolver nuestros problemas sino que sigan causándonos daño, dioses sin ningún valor y peor aún lo que  producen daño a la causa de Cristo?  Porque no amamos a Dios con toda nuestra mente, corazón y alma. Y peor aún, los dioses falsos aumentan nuestro pecado mientras que el Dios verdadero nos ha dicho “Y nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades” (Hebreos 10:17).

Lucas 12:48 nos recuerda “pero el que no la sabía, e hizo cosas que merecían castigo, será azotado poco. A todo el que se le haya dado mucho, mucho se demandará de él; y al que mucho le han confiado, más le exigirán.” Dios nos ha dado todo, Su hijo, la Biblia y el Espíritu Santo para que podamos entenderla y aplicarla. Nos ha dado teólogos, pastores, hasta una familia espiritual y por ende ¡no tenemos excusa! Como no podemos hacer nada bueno sin Él, entonces es obligatorio como cristianos no solamente confesar nuestros ídolos sino destruirlos en el poder del Espíritu Santo. Aquél que tiene oído…

¿Quieres gozar de tiempos de refrigerio? ¿Has entendido lo que tienes que hacer con tus ídolos? Coméntanos…

Cathy Scheraldi de Núñez para Maestras del Bien 2017. Transmitido originalmente en el programa radial “Mujer para la Gloria de Dios” http://radioeternidad.com/