“Alzaré mis ojos a los montes. ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra”. (Salmos 121:1-2)

Vivimos en un mundo agitado por las calamidades. Por doquier se ve la tristeza y el dolor. Los hospitales están llenos, las familias se desintegran, los divorcios están a la orden del día, los hijos son rebeldes, la delincuencia arropa la sociedad, y por su fuera poco, que gran impotencia sentimos cuando la muerte se apodera de un ser querido sin que podamos retenerlo.

Nada nos aleja del sufrimiento. Las enfermedades ni la muerte hacen distinción. No importa que seas rico o pobre, joven o anciano; el común denominador es que nadie escapará del dolor. Pero… aunque los problemas nos debilitan y sacuden los fundamentos de nuestra fe, no olvidemos que los propósitos de Dios aunque no se entiendan, NUNCA son sin sentido. En la aflicción de Job había un propósito divino, aunque a los ojos humanos no había causa en él para tal mal.

Aunque estemos rodeadas de dolor, no menos cierto es que no hay nadie que esté más cerca del afligido que Dios. Él guarda en su redoma cada lágrima de nuestros ojos, él levanta al caído y se autoproclama defensor de los huérfanos y juez y sostén de las viudas.

Pero… ¿Por qué Dios permite tanto dolor? Dios muchas veces nos quita toda alternativa para que humildemente acudamos a él, o para hacer de nosotras un eficaz instrumento por medio del cual él pueda llegar a otros. ¿Quién puede consolar con mayor eficacia a otro? Aquél que haya atravesado por la misma dificultad. En el día de la aflicción recuerda que Dios no se perturba ante la calamidad. Aun en los momentos en que pensamos que no hay salida, Dios conoce el principio y el final de nuestra historia, porque él es quien la ha ordenado. Es maravilloso saber que nada le sorprende a nuestro Dios.

Si estás enferma y Dios desea sanarte, te sanará. Pero si su voluntad es llevarte con él y alejarte del mal, nadie podrá retenerte; ni los mejores médicos, ni tu dinero. Nadie se muere en la víspera; nos morimos en el día que Dios tiene determinado que muramos.

Aprendamos a echar nuestra carga sobre Dios y él nos sostendrá. Es más abundante su gracia que las tribulaciones que podamos pasar. Cuando a pesar de las circunstancias aprendamos a confiar en el Dios de los imposibles, nuestra fe se agigantará en la misma proporción de nuestra desesperación. Entonces…. ¿De dónde vendrá nuestro socorro? Nuestro socorro viene de Jehová, el Dios grande que hizo los cielos y la tierra. ¡Ese es nuestro Dios!

Oración: Padre, en el día de la angustia, sé mi refugio y mi sostén. Agiganta mi fe para poder ver Tus bondades y Tus misericordias en medio del dolor. En el nombre de Cristo. Amén.

Alabanza: Salmo 121, Peregrinos y Extranjeros – http://www.youtube.com/watch?v=pgQKX4JwcMU

Violeta Guerra para Maestras del Bien – ©2017 Derechos reservados www.maestrasdelbien.org Publicado Originalmente el 5 de junio 2013