“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mateo 5:4).

El Señor llamó dichosos a los afligidos. Extraño texto. Las lágrimas son el resultado de la aflicción. Éstas son experiencia habitual en la vida del salvo. Jesús mismo lloró por el duelo de sus amigos (Lc 11:35). El creyente en medio de la adversidad, de la prueba y de la soledad, llora buscando a Dios. Semejante al ciervo que brama por las corrientes de agua, así clama el alma creyente buscando la ayuda y consuelo divinos. En medio del conflicto propio de la vida, el llanto es su compañero (Sal 42:1-3). ¿Qué quiso decir Jesús con esto? El que llora afligido expresa su total incapacidad personal frente al problema y su absoluta dependencia de Dios. No importa cuál sea la causa, lo cierto es que hay muchos creyentes que están atravesando graves conflictos y derraman las lágrimas de su llanto a causa de la conmoción que estremece su corazón.

Jesús afirma que son bienaventurados los que lloran, esto es, los afligidos y da la razón. Son dichosos porque “ellos recibirán consolación”, es decir, serán consolados. Todo un proceso que conduce a la bendición y a la dicha de una perfecta comunión con Dios. Primero se produce la tristeza que conduce a la reflexión personal y al encuentro en necesidad con el Señor. Luego la calma aparece al saber que Dios está en el control de todas las situaciones y que Él restaurará cualquier aparente fracaso personal. Esa era la experiencia de David:“Porque por un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría” (Sal 30:5). No importa cuál sea la razón de las lágrimas, ni cual la causa de la prueba, en cualquier caso, la tristeza y las lágrimas se cambiarán en gozo, cuando se lleva la carga al Señor y se clama a Él pidiendo Su gracia. Esta es la promesa que por Su fidelidad tiene siempre cumplimiento: “Invócame en el día de la angustia, te libraré y tú me honrarás” (Sal 50:15). Las bendiciones de Dios siguen siempre a los momentos de angustia. Dios levanta las nubes de tormenta del horizonte del creyente para que pueda disfrutar de la calma profunda del Sol de justicia, que es la gloriosa persona del Señor. Después de la tempestad, cuando el alma cansada de la lucha se entrega incondicionalmente al Señor y descansa en Sus manos, el mar turbulento se calma y el viento huracanado cesa, para hacerse grande bonanza.

Finalmente, debemos recordar algo importante: La promesa no es para el que se queja, sino para el que llora. Muchas veces los creyentes se limitan a lamentarse de la situación general o de su situación personal. Entre lamentos discurre el tiempo de su vida y no reciben consuelo porque no han llorado lágrimas de entrega y de dependencia que tienen la promesa del consuelo como bendición final. ¿Suspiras en medio de la prueba mientras viertes lágrimas de impotencia? Entonces toma la promesa por la fe porque Dios consolará al que llora.

Oración: Señor, mis lágrimas son muestra de mi necesidad, permite que si tengo que llorar lo haga con la seguridad de que Tú pronto las enjugarás para siempre. Amén.

Alabanza: Al Final, LGoodman –https://www.youtube.com/watch?v=TKJ8GD8KefU

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