“En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor;..” (Romanos 12:11)

Luego de entregar a Eliseo una pequeña vasija conteniendo el último aceite que le quedaba, la madre viuda de dos hijos recibe ciertas instrucciones de parte del profeta. Siendo esta la primera: “Sal y pide a tus vecinos que te presten sus vasijas; consigue todas las que puedas” (2da Reyes 3, 4).

Dios ya tenía el milagro decretado, sin embargo, de la mujer se requería el hacer la mayor diligencia posible para poder sacarle el mayor provecho. No nos confundamos: No es que la mujer generó por ella misma su provisión divina, es que mientras más vasijas encontrara, más le sería dado. No hubo protestas, no hubo preguntas. Ella de forma decidida actuó confiada en que su problema estaba puesto en las manos correctas, y aunque todavía no tenía idea de cómo, sabía que finalmente éste sería resuelto.

Imagínate esa pobre mujer bajo el candente sol y recorriendo caminos polvorientos junto a sus hijos mientras tocaba una puerta tras otra. En algo estamos claras: Cuando Dios obra, no deja cabos sueltos, por lo cual, estoy segura que también había preparado los corazones de esos vecinos para cooperar con ellos. ¿No pudo haber Dios obrado de otra manera evitándole a la señora la molestia? Puede que sí, lo cierto es que de aquí aprendemos que cuando queremos ver una provisión en nuestra vida, Dios quiere que hagamos nuestra parte. Aveces será estar quietas, en otras simplemente obedecerle y en otras esperar. Pero habrá otras que demandarán una fe ferviente y acción diligente.

Semejante diligencia tuvo que hacer una mujer al abrirse paso entre la multitud para tocar el manto de Jesús y ser sanada de su larga enfermedad. Lo mismo tuvieron que hacer los discípulos, moviéndose entre 5,000 personas buscando cómo alimentarlos. La misma disposición tuvo que tener Pedro para bajar de la barca y caminar sobre las aguas a pesar de sus dudas.

El Señor hace tiempo ha obrado los milagros en nuestra vida, pero nos corresponde a nosotras ser diligentes para verlos hechos realidad: Diligentes en la oración, diligentes en el estudio de su Palabra, diligentes en la administración de nuestros recursos, pero más que nada, diligentes en obedecerle. El Señor tiene la respuesta a tu situación, aunque no siempre obrará en la manera que lo esperas tú. El hizo su parte. Haz tú la tuya.

Oración: Señor, danos un corazón dispuesto a obedecerte y recibir de Tí las bendiciones que has preparado de antemano para nosotras. Ayúdanos a confiar cada día fervientemente en Tí mientras esperamos ver hecho realidad nuestros milagros. En el nombre poderoso de Jesús, Amén.

Alabanza: Precioso Jesús, Esperanza de Vida – http://www.youtube.com/watch?v=gBOGxGsc7hA

Larissa Sosa-VanHorn para Maestras del Bien ©2017 Derechos reservados -Originalmente publicado 7/30/13