“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en tí persevera; porque en tí ha confiado” (Isaías 26:3).

Era una hermosa mañana de finales de otoño cuando salí de la casa en la montaña donde estábamos pasando unos días de descanso. Mi propósito era caminar por los senderos del bosque y regresar al medio día. Cuando llevaba más de una hora caminando, comenzó a nublarse, formándose una inesperada tormenta. El viento era fuerte, la lluvia caía torrencialmente, empezó además a hacer frío y no había un buen lugar para refugiarse, de modo que tuve que regresar. Una hora bajo la lluvia me dejó totalmente empañado. Por fin llegué a casa. Un buen baño caliente, una ropa seca y una estufa encendida, fue suficiente para hacerme sentir bien. Dentro de la casa había paz, afuera la tormenta se mantuvo mucho tiempo.

Ese es un buen ejemplo para situarnos delante del versículo. En él hay primero una referencia a la paz. La promesa no es de algo temporal y pequeño, sino de una paz completa. La palabra se usa para referirse a lo que no le falta nada y que puede sentirse aún en medio del conflicto. Es el gran regalo de Jesús. “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14:27). Tiene una doble posición. Jesús estableció una relación con Dios en donde la ira por el pecado fue cancelada por Su muerte sustitutoria. Por ella podemos decir con gratitud: “no hay ninguna condenación para los que están en Cristo” (Ro 8:1).

Pero, también está la experiencia del disfrute de la misma paz de Jesús, que contrasta con la inquietud de Sus discípulos. Sólo puede sentirse en la medida en que se vive a Cristo. Exige dos condiciones, la primera es una continua perseverancia manteniendo el pensamiento en Dios. Cuando esto ocurre, los conflictos externos no afectan, porque la mente está ocupada en el Señor. Su gloriosa persona, Sus perfecciones sublimes, Su amor admirable, Su compasión perfecta, Su omnipotencia absoluta, llenan nuestra mente de seguridad. No hay nada imposible para Él, pero también, no hay momento alguno en que no estemos rodeados de Su amor. Todo cuanto ocurra está bajo Su control. Las circunstancias adversas, los problemas más graves, son sustituidos en nosotros por la paz profunda de la comunión con Dios.

Además, está la confianza. Cuando el pensamiento se llena de Dios, el alma se llena de seguridad. Los recuerdos de Sus muchas bendiciones vienen a calmar cualquier inquietud del presente. Sentir que nuestra vida está en las manos de un Dios que ha dado cuanto tenía porque dio a Su Hijo por nosotros, nos hará experimentar una profunda paz en el corazón. Los problemas no desaparecen, pero serán como una tormenta que nos rodea, mientras hay paz en el alma.

Dos posiciones pueden ser las nuestras hoy. Mantenernos con el pensamiento saturado de los problemas y circunstancias, teniendo dentro la tormenta que ruge fuera, o mantener la mente saturada de Dios y ver como la tormenta queda fuera mientras hay paz profunda dentro. Es tuya la decisión. Recuerda simplemente que solo puede haber paz cuando el pensamiento está lleno de Dios y el alma llena de fe.

Oración: Si, Señor, quiero que ésta sea mi experiencia ahora y siempre. Por Cristo Jesús, amén.

Alabanza: Tú Guardarás, Peregrinos y Extranjeroshttps://www.youtube.com/watch?v=xu5mmeHWR

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