Al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén“. (Romanos 16:27)

El último versículo de la epístola es uno de los grandes desafíos de la Palabra para nosotros. El escrito termina con una expresión que glorifica a Dios. No siempre nos acordamos de este deber. Dios es para nosotros un gran desconocido. Venimos en oración para rogarle por nuestras necesidades y presentarle nuestras angustias, pero nos olvidamos de darle gloria.

El contenido de la Carta a los Romanos ofrece motivos para que, olvidándonos de nuestros problemas y también de nosotros mismos, entremos al santuario celestial y de rodillas ante el Trono del Altísimo le demos gloria por lo que es y lo que hace por nosotros.

¿Hemos leído el escrito del apóstol Pablo recientemente? Una tras otra se presentan las bendiciones que recibimos de Dios y que deben llevarnos a una mayor gratitud. Sentimos el gozo de la salvación que Él nos ha otorgado en Jesucristo, justificándonos por la fe (5:1). Una profunda paz alcanza el corazón creyente cuando sabe que ya no hay castigo alguno, porque la responsabilidad penal por el pecado fue cargada sobre Cristo y tenemos seguridad de que no habrá condenación para los que estamos en Él (8:1). Como motivo de gratitud permanente están las bendiciones que Dios nos otorga para quienes hemos sido llamados por el Padre, salvos por el Hijo, y regenerados por el Espíritu, entre ellas la seguridad de que nada podrá separarnos del disfrute de Su amor (8:28-39). La esperanza fluye en la lectura del escrito bíblico, especialmente al considerar la herencia eterna que tenemos en Cristo (8:17). Está también la gloriosa dimensión de una vida de victoria en el Espíritu Santo (8:2-16).

Este admirable Dios es también el Dios de la paciencia, de la consolación, de la esperanza y de la paz (15:5, 13, 33). Él es único y sabio. Nadie así, sólo Él. Por todo esto, se nos llama a tributarle gloria por Jesucristo, el único Mediador. El honor y la gloria se darán eternamente al que es merecedor de ella. Tal vez las dificultades de la vida, los problemas del camino, las lágrimas de la tristeza o cualquier otra aflicción temporal nos está privando de darle gloria al que ha hecho todo para que nosotros seamos suyos, miembros de su familia, hijos adoptados en su casa, herederos de sus riquezas en gloria. Al detenernos a considerar lo que Él nos otorga, no podemos dejar de expresarle un sincero reconocimiento y una total gratitud. No es necesario que busquemos palabra especiales para hacerlo; es suficiente con entregarle nuestras vidas en sacrificio vivo, en una incondicional entrega de servicio para nuestro Señor (12:1).

Dejemos un instante de vernos a nosotros para mirarlo a Él y su gloria llenará de tal modo nuestro corazón que ya no tendremos lugar para nuestras miserias, sólo para tributarle adoración. ¿Estamos atribulados con nuestros problemas? ¿Creemos que Dios no se acuerda de nosotros? Si es así nos estamos olvidando que “el que no escatimo a su Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él todas las cosas?” (Rom 8:32).

Oración: Gracias Padre bendito, porque sólo lo que es bueno es lo que recibimos y recibiremos siempre de Tu gracia. A Tí la gloria, y a nosotros tus bendiciones por Cristo Jesús. Amén.

Alabanza Sugerida: Seas Glorificado – http://www.youtube.com/watch?v=n4TZRVxbq1c