En el año primero de su reinado, yo Daniel miré atentamente en los libros… Y volví mi rostro a Dios el Señor, buscándole en oración y ruego, en ayuno, cilicio y ceniza. Y oré a Jehová mi Dios e hice confesión diciendo: Ahorra, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos”. (Daniel 9:2-4)

Israel fue puesto en cautividad a causa de su desobediencia hacia Dios. La razón queda clara en la oración de Daniel (9:5-6): “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente, y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus ordenanzas. No hemos obedecido a tus siervos los profetas, que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra”.

A tal causa, Daniel se derrama ante Dios en una oración (Dn 9:2-20) que además de destilar profundo dolor, humildad y sinceridad nos muestra la manera simple y correcta de acercarnos a Dios. En ella:

1)     Confiesa su pecado y el pecado de su pueblo (v.4)

2)     Reconoce su pecaminosidad (v.5)

3)     Reconoce su rebelión y desobediencia (v.6)

4)     Reconoce que Dios es el único digno y justo (v.7)

5)     Pide perdón (v.19)

6)     No se justifica ni ampara en mérito personal alguno (v.18)

¡Que precioso! A veces damos tantas vueltas buscando excusas y culpables, o por otro lado vamos delante de Dios con un espíritu altivo, que no hacemos más que retrasar nuestra restauración. Basta solo con sincerarnos y reconocer que metimos la pata, pecamos y le fallamos a Dios.

¿Sabías? El Dios de toda gracia volverá a tener misericordia de nosotras como lo hizo con Daniel y su pueblo (Dn 9:20-23). Daniel no había terminado aún su oración cuando la orden fue dada.

Dios no necesita nuestras excusas, él solo desea nuestra sinceridad. El sabe que somos débiles y está presto para perdonarnos. Así lo expresa Jeremías: “Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad”. (Lamentaciones 3:22-23)

Amadas, el propósito de Dios es restaurarnos y conducirnos de una vida desordenada, vacía y licenciosa, a una vida de honra, propósito y lealtad a Dios. Démosle la libertad al Espíritu Santo para que transforme nuestra vida de gloria en gloria.

Oración: Señor Tú que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos, me humillo ante Tí reconociendo mis faltas. Renueva oh Dios un espíritu recto dentro de mí. Purifícame y lávame, restáurame y renuévame Señor, te quiero obedecer. En el nombre de Cristo, Amén.

Alabanza Sugerida: Purifícame y Lávame, MBarrientos – http://www.youtube.com/watch?v=LP8PmpBTiMY

Compartir
Artículo anteriorUna Experiencia Renovada
Artículo siguienteTiernas Manos