“Y Jacob se había enamorado de Raquel, y dijo: Te serviré siete años por Raquel, tu hija menor.” (Génesis 29:18)

Quizás muchas de nosotras experimentamos en nuestras vidas –tristemente para algunas, en más de una ocasión- aquel momento de expectación en que el profesor o entrenador mencionaría los nombres del grupo de estudiantes –o del estudiante- que había sido seleccionado para una determinada tarea o actividad y en la medida en que los seleccionados pasaban adelante o se ponían de pie, veíamos desvanecerse nuestros sueños o esperanzas cuando nos percatábamos de que restaban pocos por elegir hasta que finalmente teníamos que aceptar la realidad de que no estuvimos entre los elegidos.

Aunque pareciera que Raquel es la protagonista del versículo que encabeza esta reflexión, necesitamos recordar a nuestra otra protagonista quien, en esta escena, se encontraba tras bastidores: Lea, la hermana mayor a quien conforme la cultura le correspondía casarse primero que su hermana menor, Raquel.

Probablemente Lea pudo haber temido en secreto que se “pasará su turno” en la medida que veía transcurrir los años sin que apareciera un pretendiente para ella, mientras que observaba a su pequeña hermana convertirse en una joven de hermoso parecer.

Aquel día cuando Raquel llegó a contarle a su familia sobre su encuentro con Jacob y la inmediata declaración de este sobre su interés de servirle a Labán para que le diera a su hija menor, el temor de Lea se convirtió en realidad, anhelando que no se tratara más que de una terrible pesadilla de la cual seguramente quería despertar con la esperanza de encontrarse en su cotidianidad antes de que este familiar irrumpiera en sus vidas.

Múltiples preguntas pudieron haber inundado su mente, sentimientos de fracaso, vergüenza, de falta de valía o aun hasta de temor al qué dirán…cómo hacer frente a los comentarios y cuestionamientos de la comunidad, cuando sencillamente no había ninguna explicación razonable que ofrecer sino que quien había sido elegida primero era su hermana menor.

Como cristianas no estamos exentas de experimentar situaciones similares en los diferentes ámbitos de nuestras vidas –mujeres más jóvenes que se casan primero o parejas que tienen sus hijos mientras mi esposo y yo nos sometemos a múltiples tratamientos  sin resultados positivos; o, un ascenso en el trabajo; ver realizado el llamado de Dios en la vida de otra persona-.

¿Cómo podemos hacer frente a estas circunstancias sin que brote raíz de amargura en nuestro corazón?

a) Recordando que nuestro Dios es Soberano, que todo lo que quiere El hace (Salmo 115:3)

b) Que en Su Mano están nuestros tiempos (Salmo 31:15)

c) Que El hará que aún ese aparente rechazo o fracaso coopere para nuestro bien para hacernos más parecidas a Su Hijo (Rom 8:28-29), y

d) Que aunque los hombres no me elijan, El me eligió desde antes de la fundación del mundo para Sus Propósitos Eternos (Efe 1:4)

Oración: Perdona la idolatría en mi corazón cuando procuro la aprobación de los hombres olvidando que, en y por Cristo, tengo toda la aprobación que es necesaria y suficiente para mi vida. Pon mis ojos en Tí pues mi vida no se trata de mí. En el Dulce Nombre de Jesús. Amén.

Alabanza Sugerida: Esperar En Tí, LGoodman – http://www.youtube.com/watch?v=z9LuEeDt6jM