Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. (Lucas 1:28-29)

Cuando el ángel del Señor se le apareció a María, ella se turbó y confundió con sus palabras. La repentina noticia de un embarazo y las circunstancias del mismo eran chocantes y hasta aterradoras.

Sus palabras al ángel fueron: ¿Cómo será esto? Lo que para nosotras sería: “Esto no puede ser”. Todo lo que estaba a punto de acontecerle estaba no solo más allá de su comprensión, sino de sus fuerzas. Llevar en su vientre al hijo de Dios sería una bendición, pero enfrentar los problemas que le traería un embarazo “dudoso” ante la sociedad, era para salir corriendo. ¿Y desde cuando se queda embarazada sin haber participado?

Pues ¿Cuántas veces nos cae un problema que no nos hemos buscado? ¿Cuántas veces nos turbamos y hacemos la misma pregunta ante los problemas repentinos que nos presenta la vida: Cómo será esto? ¿Como me voy hacer? Quizás es la pérdida del esposo, la pérdida de la fuente de ingreso principal, o un embarazo de alto riesgo.

Cuando los problemas nos sorprenden nuestra tendencia natural es enfocarnos en la grandeza del problema, al tiempo que nos sentimos pequeñita frente a ellos. Como María nos llenamos de temor, seguida de una marcada negación: “no puedo”. Empezamos a ver todas nuestras limitaciones e incapacidades y dudamos de nuestro valor y capacidad para enfrentarlos y seguir adelante.

Es difícil ver la bendición de Dios en medio de la tragedia y los problemas. ¿Te imaginas todo lo que pasó María al quedar embarazada, y años más tarde presenciando y viviendo la pasión y muerte de su hijo? Y aunque padeció la cuota asignada en cada caso, Dios se glorificó en ella. Lejos de seguir cuestionando, dudando o refunfuñando, María optó por creer a Dios… “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lc 1:38).

Amadas, María no estaba sola, como tampoco lo estamos nosotras. La comprensión de sus  limitaciones fue su mayor fortaleza porque la llevó a aceptar y entregarse en los brazos de Dios. Cuando así hizo, su confusión cambió por seguridad. Lo único que necesitamos saber es que: “nada hay imposible para Dios” (Lc 1:37).

Oración: Padre, gracias porque en medio de nuestras tempestades estás Tú. Aclara mi confusión y ayúdame a confiar en Tí aunque no Te pueda ver. En el nombre de Jesús, Amén.

Alabanza Sugerida: Aunque No Te Pueda Ver, IValdez – http://www.youtube.com/watch?v=5josfihIz1M