Años atrás era bastante común que las iglesias compartieran su terreno con un cementerio. No se cual era el motivo para esto, si acaso sirviese para dar sepultura a miembros cercanos a la congregación o a lo mejor aumentar los ingresos de las mismas. Aqui en mi ciudad he visto mucho ese panorama.

Cierto es que es un gran contraste el ver viejas edificaciones de Iglesias ya deterioradas con el tiempo, junto a impecables cementerios utilizados para nuevos enterramientos o que exhiben en sus tumbas bellos arreglos de flores frescas, colocados talvez por los familiares cercanos a esos fallecidos.

Creo que con frecuencia en nuestra vida espiritual nos comportamos de manera similar:   Ponemos “flores” de cuando en vez en aquellas cosas que han debido estar enterradas por siempre. Cerramos las puertas de nuestra “iglesia” y mantenemos intactos  nuestros “cementerios”.

Nos revolcamos de cuando en vez en recuerdos del pasado, o reincidimos en viejos  hábitos que hace tiempo debían de estar enterrados, por no decir que han de haber sido eliminados de raíz.   Nos sentimos “mejor” dando rienda suelta a pensamientos  y conductas dañinas que van produciendo de manera paulatina una muerte espiritual.

Creamos y disfrutamos nuestra propia obra dramática y de repente chocamos de frente con nuestros sentimientos de queja, falta de perdón, y preguntas sin respuestas.  Entonces  para compensar, colocamos, una que otra vez, para “complacer al público”  ciertos “arreglos florales”  traducidos en tal vez buenas obras, buenos discursos o mensajes, asistencia a seminarios, participaciones públicas tratando de guardar apariencias y mostrar que realmente “estamos bien”.

Mantener abiertas las puertas de una iglesia es una gran responsabilidad. Requiere dirección divina, disciplina, buena administración, revisión de objetivos, organización de prioridades, y por último, aunque no menos importante, el ingreso necesario para la subsistencia.  Requiere compromiso.  Es más fácil por supuesto, mantener en buenas condiciones y abierto, un cementerio.  Allí no hay reto a cambio alguno. Solo se necesita cubrir las apariencias.

En su entrega del Salmo 6, David pide a Dios misericordia, le expresa sus sentimientos de agonía y dolor y termina expresando su esperanza de victoria.  Es entre una cosa y la otra cuando en el Verso 5, expresa lo siguiente: ‘En la muerte nadie te recuerda; en el sepulcro, ¿quién te alabará?’   (Sal 6: 5)

Es este pues un recordatorio a nosotras de que mientras vida tengamos debemos invertir nuestros recursos en mantener abiertas las puertas de nuestra “iglesia”.  ¡Tomemos pues las riendas de nuestra propia vida!.. Entreguémosle a Dios nuestras primicias.  De forma responsable propongámonos mantener siempre viva nuestra adoración y presentemos nuestras ofrendas con manos limpias.  Aprovechemos nuestra vida antes de que sin remedio lleguemos al sepulcro, en donde ya será demasiado tarde.

Tenemos el gran compromiso de vivir  “…muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. (Rom 6:11).  ¡Aceptemos pues el reto!

Hasta la proxima!!  Selah