En esta época del mes de Octubre se celebra el famoso “Día de Las Brujas” o “Halloween” en diferentes países.  El nombre cambia de un país a otro, más la celebración tiene el mismo trasfondo pagano.  Se celebra la muerte.  Se celebran  las tinieblas.  Disfraces de brujas, monstruos, fantasmas y demás espectros aparecen por doquiera.  Luces y decoraciones en grandes vitrinas  y en los frentes de las casas.  Competencias incluso en algunos vecindarios, dando premios a la “casa mejor decorada”.  El comercio se activa de manera increíble.

La alcaldía del pequeño pueblo en el que vivo aquí en Pennsylvania, Estados Unidos,  cierra las calles principales un día del mes para permitir la famosa “parada” o desfile de Halloween.  Es una gran fiesta de toda la comunidad. Las Escuelas intermedias y secundarias se unen a la celebración con sus respectivas bandas y por casi más de una hora se paraliza toda actividad comercial y el tránsito por motivo del evento.

En la última semana del mes, salen los niños del barrio con sus disfraces acompañados de sus padres y adultos a tocar puerta por puerta colectando dulces bajo la ya conocida consigna  “dulce o truco”. La idea es que si no se les da un dulce, el dueño de la casa podría estar sujeto a bromas pesadas por parte de los niños.

Por años cerré mis puertas con indicaciones de que “Aquí no celebramos Halloween”, espantando así a cualquiera que se le ocurriera tocar. Con excepción de la desaparición de un macetero de flores del frente de mi galería  y habérseme dejado a cambio un espejo lateral roto de algún vehículo viejo  no creo que se me haya jugado ninguna broma pesada de gran magnitud.  Por lo menos, ¡de eso no me puedo quejar!

En los últimos dos años, sin embargo, Dios ha inquietado mi corazón trayendo un verso a mi memoria: “Nadie enciende una lámpara para luego ponerla en un lugar escondido o cubrirla con un cajón, sino para ponerla en una repisa, a fin de que los que entren tengan luz”. (Lc 11:33)

Entonces, no por miedo a que se me juegue una broma pesada de mayor magnitud, ni por el temor a ser la “cara de limón” del barrio, abrí mis puertas este pasado Domingo en la tarde, y entregué tratados evangelísticos y chocolates a los niños y sus padres que pasaban por aquí. A la consigna de “truco o dulce”, yo respondí a la de “Dios te ama… El es la Luz del Mundo”.  Las posibilidades de que se concentraran solo en sacar los dulces del paquetito y tiraran el tratado a la basura son sumamente elevadas… Pero aún así,  yo cumplí con mi encargo: “Saqué mi lámpara y la puse en alto”.

Miremos el contraste: Satanás anda constantemente disfrazado, engañando mediante trucos y tratos sucios a aquellos que andan en la oscuridad del pecado. Nosotras como creyentes y “Maestras del Bien”, somos llamadas a mostrar esa luz, y a mostrar en cambio a un Dios que de forma muy clara en Su Palabra se muestra tal como es… y que ha dado un regalo de salvación de manera  incondicional. Tengamos misericordia de aquellas almas que no conocen la verdad de Cristo. No cerremos nuestras puertas, sino aprovechemos, cada simple oportunidad para testificar del amor de Dios a una generación que va camino a la perdición eterna. Si no somos nosotras, entonces, “¿quién irá?”

Selah (para pensar)…