Nos necesitamos unos a otros para vivir y desarrollar relaciones significativas (Gn 2:18).

Pero no todas tenemos la bendición de crecer en un ambiente sano con relaciones normales y saludables. Si bien es cierto  que ninguna relación es perfecta, hay muchas que son abiertamente destructivas y tormentosas. A causa del pecado que mora en nosotras y las diferencias de carácter, será inevitable que en nuestro intercambio diario tengamos contratiempos y disgustos con amistades y familiares cercanos que nos lastimen. Siempre habrá personas en el trabajo, la familia o la iglesia que harán comentarios inapropiados y tendrán actitudes que nos molesten, pero que a su vez son normales “hasta cierto punto”.

Lo malo es cuando permitimos que estas acciones se tornen costumbre y pasamos a consentir el maltrato por medio de nombretes, actitudes hostiles y ofensivas, y comentarios sarcásticos y negativos. Esto poco a poco va hiriendo nuestros sentimientos y minando nuestra autoestima hasta lograr obstruir nuestro crecimiento personal y habilidad para mantener relaciones sanas.

El hogar es el primer ambiente donde recibimos instrucción, nos interrelacionamos y crecemos. Cuando el ambiente es pesimista, apesadumbrado e intolerante, se torna perjudicial para nuestra vida futura. Lastimosamente muchos hogares conviven bajo tensión, falta de comunicación y engaños. Otros conviven en medio de rupturas entre padres e hijos, y conflictos entre hermanos. Y en otros los padres vuelcan todas sus frustraciones hacia sus hijas por medio de insultos, maltrato físico y emocional, las cuales son luego las candidatas perfectas para el abuso y la codependencia a causa de su necesidad de amor y aprobación.

Por otro lado, se ha comprobado que las malas conversaciones y amistades corrompen las buenas costumbres,  y que los miembros negativos de la familia tienen más influencia sobre la moralidad de los jóvenes que los adultos positivos, pues la conducta negativa se alinea más fácilmente con nuestra naturaleza caída. Sabiendo esto, es importante entonces conocer las amistades de los hijos, cultivar buenas amistades, y corregir  y erradicar los patrones conductuales negativos del hogar para no dar pie a que nuestros jóvenes copien modelos deficientes. Como enseña Gálatas 5:9 “Un poco de levadura leuda toda la masa”.

No cabe duda que existen personas claramente dañinas, y peligrosas para nuestra salud mental, emocional y física. Cuando una persona no te respeta mediante el uso apropiado de tu nombre legal y un lenguaje afable y respetuoso, considérala perjudicial para tu vida y mantenla a distancia, aunque a otros les resulte inofensiva. No recurras a la violencia física ni verbal (Col 3:8) para que la relación no se deteriore más y quedes tú como la agresora. Mejor encomienda tu caso el que juzga justamente (1 Pd 2:23).

Finalmente, tampoco te aferres a “un amor” como a una tabla de salvavidas. Tu bienestar proviene de tu relación personal con Dios y la comprensión de tu valor intrínseco dado por Jesucristo. ¡Cultívala!

¿Con quien tienes una relación difícil? ¿Qué medidas prácticas tomarás para mejorar tus relaciones? Coméntanos…