“He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, Y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros”. (Mateo 1:23)

¡Que Dios se haya hecho hombre! es el gran milagro de la Navidad. Puede que el bullicio y la algarabía de la época nos hagan perder la perspectiva de la verdadera esencia y el corazón de la misma, pero ella nos recuerda que Dios estuvo entre nosotros.

Que un hombre se haga Dios sería algo impensable, pero meditar sobre el hecho de que Dios se haya hecho hombre, ese el gran misterio de los siglos. Por más que meditemos en estas cosas nunca llegaremos a descorrer por completo el velo del misterio de la encarnación de Cristo, “el cual siendo en forma de Dios, tomó forma de siervo, humillándose hasta un grado sumo, siendo obediente a su Padre hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que toda rodilla se doble ante Él, y toda lengua confiese que Jesús es el Señor”(Fil 2:5-11).

Ahora noten lo que dice Pablo: “que Cristo era igual a Dios”. Él no era menor ni mayor, ni siquiera diferente, él era “igual a Dios” porque EL ERA DIOS. Sin embargo se hizo semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre murió por nosotras porque esa era la única manera de redimirnos de todos nuestros pecados.

De acuerdo al texto su nombre fue puesto desde el cielo por el ángel: “…Y llamarás su nombre Emanuel…” (Emanu “con nosotros” y El “Dios”) que traducido es “Dios con nosotros”.

Suponte mi querida hermana que para tú predicar a los drogadictos tuvieras que vestirte como uno de ellos, hablar el lenguaje de ellos, tatuarte como ellos, usar su mismo peinado y vivir por un tiempo su mismo estilo de vida. ¿Qué te parece? Es difícil, ¿verdad? lo que Jesús hizo fue más grande que eso. Él era Dios con toda la gloria del cielo. Ángeles y serafines se postraban ante Él. Sin embargo, él decidió de forma voluntaria despojarse de toda su gloria, asumir nuestra naturaleza, participar de la vida del hombre, compartir con nosotras y soportar todos nuestros pecados, con el único propósito de podernos salvar.

La única forma en que podíamos ser reconciliadas con Dios era si Dios mismo se hacía hombre, para que en su naturaleza humana él pudiera condenar el pecado en la cruz, a la vez que ofrecernos vida eterna. Ese es el gran mensaje de la Navidad que celebramos.

Oración: Señor gracias porque Tú estás cada día conmigo. Gracias Señor porque dejaste tu trono y corona por mí al venir a Belén a nacer. Gracias porque aunque el mensaje de la Navidad es sencillo y humilde, a la vez es profundo, majestuoso y trascendental. Y gracias porque mundialmente es la fecha de mayor significado y celebración. Ayúdanos a mantenerte siempre en el corazón de su festejo, y vivo cada día en el nuestro. Por Cristo Jesús, amén.

Alabanza: Tu Dejaste Tu Trono, Rojo – https://www.youtube.com/watch?v=YIorLHrxiiQ

Compartir
Artículo anteriorTe Invito a Soñar
Artículo siguienteEl Don Inefable