“Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.” (Mateo 9:13)

La integridad de Jesús fue cuestionada y recriminada en repetidas ocasiones por los fariseos, sacerdotes y la corte religiosa de Israel, por su asociación con los pecadores. Esto pasó en el caso de la mujer del frasco de alabastro, Zaqueo, y estando con los publicanos y pecadores en la casa de Mateo, entre otros.

Cuando los fariseos miraban a una persona lo que veían eran sus pecados, y de acuerdo a ellos los trataban. Sus ojos destilaban desprecio y sus palabras juicio. Su postura era la de condenarlos al rechazo y al oprobio sin proveerle una esperanza o salida a su condición. Jesús sin embargo veía opresión, carga, dolor, ataduras y pesar. El veía la necesidad que estas personas tenían de ser libertados de sus ataduras.

Es interesante la manera en que podemos ver y catalogar a las personas. Los Fariseos; que representan al mundo religioso, las veían como inservibles y despreciables. Pero Jesús las veía como personas con necesidades y deseos de renovación. Jesús vio más allá de su apariencia, de sus pecados y de su condición, hasta lograr ver el potencial que ellos representaban en las manos de Dios. Y en efecto, a cada uno de los que salvó le transformó la vida.

Cuando ves a alguien, sobre todo a quienes les conoces sus pecados o lucen cuestionablemente, ¿qué ves… a la persona o al pecado? ¿Qué es lo primero que te viene a la mente cuando miras a determinadas personas… su pecado o su necesidad? Si la juzgas es porque ves su pecado y tomas la posición del Fariseo. Pero si sientes compasión, le demuestras el amor de Cristo y le predicas el evangelio, es porque estás alineada con el corazón de Jesús.

Hay mucho pecado porque existen muchas personas necesitadas de Jesús y su poder redentor. Como mujeres cristianas y Maestras del Bien nuestra labor es reconciliar a las personas con Dios puesto que Cristo nos ha encargado el ministerio de la reconciliación. Semejante ministerio no se puede llevar a cabo sin la compasión de una pecadora que conoce el lodo cenagoso y que también fue perdonada por Dios.

Amada, no excluyas, critiques ni menosprecies al pecador. Toma el lugar de Cristo que ama al pecador, le predica las buenas nuevas del evangelio y le da la bienvenida a la familia de la fe.

Oración: Señor limpia mis ojos con colirio de manera que más allá del pecado yo pueda ver la necesidad del pecador, recordando que yo fui una de ellas a quien mirando con ojos de compasión Tú limpiaste, levantaste y salvaste. En el nombre de Jesús, amen.

Alabanza Sugerida: ¿Qué Sería De Mí? JAR – https://www.youtube.com/watch?v=RhKcwyuFSmM

Compartir
Artículo anteriorLa Verdad Verdadera
Artículo siguienteEl Es La Roca