“Levántate, Aquilón, y ven, Austro; soplad en mi huerto, despréndanse sus aromas” (Cantares 4:16).

El jardín de Dios está donde quiera que se halle un creyente. Comprados por precio, somos plantados en el huerto de Dios, para que nuestras vidas lleven fruto que sea de olor grato para Él. El tema del Cantar de los Cantares es la relación del matrimonio conforme a la voluntad de Dios. Pero, no podemos olvidar que en el Nuevo Testamento esa relación es figura de Cristo y de la Iglesia (Ef. 4:32). El Señor desea percibir fragancia de nuestras vidas durante este año.

Podemos percibir el aroma de un huerto, el perfume de las flores, en la medida en que el viento sople y lo arrastre hasta nosotros. Para eso Dios hace soplar su viento, de una forma o de otra para que el olor grato de nuestras vidas se manifieste.

En ocasiones permitirá que sople sobre nosotros el Aquilón. Este es el viento del Norte, que en ese hemisferio es frío. En ocasiones helado. Bajo su soplo procuramos ocultarnos para evitar su intensidad. Las pruebas son como el Aquilón, ventosas, vienen con fuerza y nos hacen estremecer. No sabemos cuando aparecen pero ocurren por permisión divina. Además son frías. Ellas disminuyen nuestro

calor espiritual, el deseo de orar y de leer la Palabra se debilita. Pero, todavía más, producen un efecto inquietante. Las bendiciones que otros tienen parecen desaparecer para quien es azotado por el Aquilón. Nos planteamos entonces preguntas: ¿por qué permite Dios esta situación por la que estoy pasando? Escucha la razón divina: “luego que pasa el viento y limpia los cielos, viene de la parte norte la dorada claridad” (Job 27:21-22). Dios las permite para que en medio de ellas podamos ver la hermosa claridad de Su gracia, que de otro modo no veríamos.

Pero, no sólo viene el aire frío, sino que Dios también permite el tórrido aire del Austro. El aire caliente del desierto que hace fatigosa la respiración. Fue un gran viento del lado del desierto que azotó la casa donde estaban los hijos de Job, y al derribarla, ellos murieron (Job 1:19). Son pruebas que vienen en otra dirección. Pero el creyente que sabe resistir el helado viento, será capaz de resistir también el tórrido calor del fuego de la prueba que llega agobiante. Dios marcha sobre la nieve y también sobre las nubes y la tempestad. Estas son como el carro en el que cabalga con omnipotencia. Las negras nubes de la tormenta que causan profundo respeto, se deshacen en lluvia benéfica para la tierra. Dios está en el control y hace las cosas siempre bien. Puedo oír al Señor: “He aquí te he purificado, y no como a planta; te he escogido en el horno de la aflicción” (Is 48:10).

Necesitamos aprender la lección de que “todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios” (Rom 8:28). Así puedo decir con confianza: “Levántate Aquilón y ven Austro, soplad en mi huerto”, entonces un perfume de confianza se levantará de mí, mientras oigo al Señor que me dice “cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán” (Is 43:2).

Oración: Padre, Oh, sí, que venga el Aquilón o llegue el Austro, solo conseguirán que un perfume de entrega y gratitud se eleve de mi huerto para llegar a Tí, porque sé que “si anduviere en medio de la angustia, tú me vivificarás” (Sal 138:7). Por Jesús, amén.

Alabanza: Perfume A Tus Pies, Espíritu Y En Verdad – https://www.youtube.com/watch?v=BucaZxXEDCY