“Y se llamará su nombre… Dios fuerte” (Isaías 9:6).

Al amado Señor y Salvador se le da el título de Dios Fuerte. De ese modo comienza Juan el evangelio: “…el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Quien caminó como hombre por los caminos polvorientos de Judea y Galilea, quien sintió hambre y sed, quien agonizó en Getsemaní, quien sufrió el desenfreno inicuo de los hombres y murió en la cruz, es Dios eterno manifestado en carne.

La profecía lo presenta aquí como Dios Fuerte, en sentido de Dios Poderoso o, si lo preferimos mejor, como el Omnipotente y Todopoderoso. Luego de su muerte en la cruz, recibió del Padre el nombre que es sobre todo nombre, ante quien se dobla toda rodilla en cielos, tierra y submundo, y todos confiesan que Jesús es el Señor. Mirémoslo en esa dimensión y seremos consolados.

Jesús es el Señor de la historia. Los tiempos están en Su mano. En un mundo inquieto donde los conflictos se producen cada día, donde los reinos y las potencias de la tierra pretenden establecer el curso de la historia según sus intereses, el Dios Fuerte está sentado en el trono de gloria. El dijo que su “reino no es de este mundo” (Jn 18:36). Aunque a nosotros nos parece que los gobernantes son puestos por las naciones y muchas veces por el poder del que ejerce autoridad, la Biblia dice que “por mí reinan los reyes” (Pr 8:15). El Dios Fuerte es soberano, “cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades… y él hace su voluntad en el ejercito del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Dn 4:34-35). Para nuestro Dios, la historia es profecía cumplida y la profecía es historia por cumplir. Puedo decir con seguridad: “Nuestro Dios reina”. El ha establecido un día en que reinará sobre la tierra con poder y gloria.

Nuestro Señor es Dios Fuerte, en las situaciones difíciles de la vida personal. Es aquel en cuya mano están los tiempos y todo cuanto existe. Nada pasa desapercibido para Él. Pudiera ser que nuestra vida esté sometida al turbión violento de las aflicciones que como a los discípulos en el mar, sopla con fuerza y levanta el temporal en el entorno. Acaso la vida sea como las olas embravecidas del Mar de Galilea que anegaban el barco donde los discípulos iban. Es posible que en un momento las dificultades sean tan grandes que creamos que no hay solución y tenemos que clamar como ellos: “Señor, mira que perecemos”. El Dios Fuerte, se alzará entonces sobre los elementos desatados y dirá al viento ¡Calla! y a la mar ¡Enmudece! Para trasformar todo en una grande bonanza.

En los momentos en que las cargas agobien nuestra vida y la esperanza desaparezca del horizonte, cuando las nubes negras oculten cualquier atisbo de sol y el camino se haga empinado de modo que las fuerzas se debiliten, el Dios Fuerte nos tomará en sus manos para que podamos soportar el peso. Él nos fortalecerá con los recursos de su gracia. Si ha podido llevar la carga del pecado del mundo sobre sus hombros debo estar seguro que llevará más fácilmente la mía por grande que me parezca.

Este es el aliento que necesito hoy.

Oración: Señor, tengo que decir con plena seguridad que mi Dios puede. Puedo confiarle mis cargas y descansar en quien es Dios Fuerte.

Alabanza: Mi Dios Es Grande, Hillsong – https://www.youtube.com/watch?v=qXOoMIRxyk8

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