“Y se llamará su nombre… Padre eterno” (Isaías 9:6).

Un tercer título recibe el Señor en el versículo que estamos considerando desde hace tres semanas. Los anteriores han sido admirables y nos permiten la bendición de saber cómo es Él. Ahora se le llama Padre Eterno. No debemos confundir esto. El Hijo no es el Padre, por tanto, el título no está expresando una Persona Divina, sino una característica de la segunda Persona de la Deidad. El versículo enseña que el Señor se comporta como un Padre en todo momento.

Al considerar este calificativo descubrimos, en primer lugar, que Jesús actúa con nosotros con la consideración que un padre tiene con su hijo, pero en la suprema perfección del Señor. En esta relación con nosotros como Padre Eterno, se pone de manifiesto la dedicación personal a cada uno. Un padre conoce a sus hijos, sabe como son y sabe cuáles son sus necesidades. Así también el Señor, que dice:“yo conozco mis ovejas y las mías me conocen” (Jn 10:14). No solo sabe que tenemos necesidades, sino cuales son la dimensión de ellas, proveyendo para cada momento conforme a Su conocimiento y a Su gracia. No debo inquietarme por nada de lo que me falte porque Él sabe de qué cosas tengo necesidad (Sal 23:1). Sé que me conducirá a pastos delicados y me pastoreará junto a aguas de reposo. Sé que pondrá mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores. Sé que en el momento del valle de la sombra de muerte estará conmigo (Sal 23).

Actuando como Padre Eterno, todo lo que le rodea es amor. La mayor prueba es que en amor dio Su vida para salvar la nuestra. Él lo dijo así: “…pongo mi vida por las ovejas” (Jn 10:15). La cruz se levanta en la vida de Cristo como manifestación suprema de Su amor. Por esta causa dejó el cielo y vino a la tierra, haciéndose hombre para poder morir por nosotros. Dio Su vida voluntariamente, porque Su amor corresponde a quien se le llama Padre Eterno. Si dio lo máximo, no habrá nada que repare en darnos para nuestra vida diaria. En cualquier momento y circunstancia estará a nuestro lado. En las lágrimas y en las pruebas estará con nosotros para sustentarnos en la tristeza. Las mayores pérdidas serán llevaderas si sentimos Su mano sobre nosotros, y Su voz hablando en medio de la tormenta para decirnos: “Porque yo Jehová soy tu Dios quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo… no temas… yo soy tu socorro” (Is 41:13-14). Su amor se hará sensible cuando todo otro amor nos falle. Su gracia hará superar cualquier problema y circunstancia porque “el da mayor gracia” (Stg 4:6).

Mi Señor se manifiesta como mi Padre Eterno. No tengo, pues, razón alguna para sentirme desamparado. Es cierto que las situaciones por las que paso pueden ser demoledoras, desde el punto de vista del hombre, pero son llevaderas porque la mano de quien se le llama Padre Eterno, tomará la mía para que transite según Su propósito.

Oración: Señor, Miro ahora mi propia experiencia y puedo expresar como el Salmista: “Me has tomado de la mano derecha, me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria” (Sal 73:24). Esta es la bendición que me otorga quien es Padre Eterno. Por eso, ahora mismo puedo decir: “Mi esperanza está en ti”.

Alabanza: Roca Eterna, MWitt – https://www.youtube.com/watch?v=ieTKpcXesqg