“Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe” (Hebreos 10:22).

El desconocido escritor de Hebreos nos invita a acercarnos.

Sabemos que el camino al Trono de la Gracia está abierto, creemos en la presencia del Sumo Sacerdote que está en el lugar a donde debemos acercarnos. No se trata de un mandamiento, sino de que entendamos el privilegio que tenemos. Sabemos que quien es camino al Trono es también puerta de acceso (Jn 10:7). El llamamiento a aproximarnos a Dios es posible solo para quienes hemos sido hechos cercanos por la sangre de Cristo (Ef 2:13). No hay limitaciones como ocurría en la antigua dispensación. El camino al Lugar Santísimo fue abierto por el cuerpo de Cristo, así que podemos acceder.

Sin embargo, ese acercamiento requiere una forma para hacerlo:

La primera condición es “con corazón sincero”. El adjetivo tiene que ver con verdadero, es por tanto, genuino, auténtico. Tiene la connotación de algo que no oculta nada. Los orificios en la madera se suelen cubrir con cera para ocultarlos, pero el orificio está ahí. La sinceridad pone al descubierto un corazón que no oculta nada. Es equivalente a un corazón limpio. La proximidad en oración y adoración no descansa en formas de hacerlo, sino en un corazón movido por el Espíritu. Las peticiones que hacemos y la gratitud que expresamos se establece en una entrega incondicional de nuestra vida a Dios en gratitud por sus misericordias (Ro 12:1).

La segunda condición es hacerlo en “plena certidumbre de fe”. La antigua versión traducía esta frase por “con confianza plena y perfecta”. Es más frecuente la falta de confianza que la de sinceridad. Si dudamos somos semejantes a las olas del mar (Stg.1:6) y nos privamos del fruto de la oración. Estas dudas aparecen mayormente en situaciones difíciles, en las grandes perplejidades o en los conflictos; entonces abandonamos la plena certidumbre de fe. Miramos a la dificultad de lo que tenemos delante y nos olvidamos de la omnipotencia de Dios. Entramos en la oración, queremos acercarnos al Trono de Gracia, sin fervor, agitados, preocupados, sin esperanza de ser oídos en tan mala situación como la que nos está afectando. Pero esto no es tan malo como dejar de acercarnos, interrumpir nuestra relación con Dios. El que ora con poca fe vale más que el que no ora de ninguna manera, o que espera a orar cuando esté en plena certidumbre de fe.

¿Qué es lo que nos dispone para la oración? la oración misma. Para poseer un corazón sincero y una plena certidumbre de fe, es preciso pedir, buscar y llamar. Dios es rico para con todos y especialmente para quienes le invocan de veras. Tengo hoy un gran privilegio. Puedo acercarme a Dios y debo hacerlo. El sacrificio de Cristo me ha hecho limpio de todo pecado. La posición en Él me ha santificado delante de Dios. Soy imperfecto, limitado, sin mérito alguno para alcanzar la más pequeña migaja de Su gracia, pero puedo tener todo porque tengo a Cristo.

Oración: Señor, gracias por invitarme a Tu trono. Debo acercarme ahora mismo, con corazón sincero y en plena certidumbre de fe ¿Quién me lo impide? Así alcanzaré misericordia y hallaré gracia para el oportuno socorro. En Jesús, amen.

Alabanza: El Padre Que Siempre Soñé, AZabala – https://www.youtube.com/watch?v=cQTqAWhPCaw