“Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído; por tanto le invocaré en todos mis días” (Salmo 116:1-2).

Esta es mi experiencia personal. Él ha oído mi voz y de maneras muy maravillosas ha contestado mis súplicas. Sé que oye mi presente petición y que no apartará su oído de mi.

El salmista no dice de que ha sido librado, pudiera ser de una enfermedad, de alguna persecución, o de cierto peligro. No importa cuál fue la condición, pero el corazón suyo palpita lleno de gratitud y amor a quien le favoreció de aquel modo.

Por esa gracia y misericordia ama al Señor. Su amor se manifiesta en respuesta a la oración. La voz del que ora llega al Trono de la Gracia y es contestada. Esa bondad divina es una manifestación de amor hacia el que ora. No tiene derecho alguno para ser atendido, pero el buen Dios oye lo que pide. Todavía más inclina Su oído. Como el padre pone su mano en la oreja y se baja para oír el balbuceo de su niño, así Dios inclina su rostro y escucha mi oración. A veces será dicha sin palabras, como el suspiro de un alma que necesita ser alentada; otras envuelta en lágrimas que requieren ser enjugadas; acaso en el silencio de una mente confrontada con algo inesperado que no entiende y se pregunta ¿por qué? esperando una respuesta de la gracia. En cualquier caso Dios conoce la realidad intima, y da respuesta a mi súplica.

Bien puedo decir que ha oído mi voz y mis súplicas, recibe mi oración, le da acogida y me responde de la manera y en el tiempo que a Su sabiduría amante mejor le parezca. Sé que mi tiempo es siempre de urgencia, el de Dios es de precisión, la respuesta llega en el momento preciso. Traigo mi pobre oración ante el Rey, me da audiencia siempre y benignamente recibe mi petición. Mis enemigos y tal vez incluso mis amigos no me escucharán en algún ruego que haga, pero mi Señor me escucha. Los que me desprecian se burlarán de mis lágrimas, pero Él las recoge en Su redoma y me envía el aliento que necesito. Si, le amo, le amo profundamente porque Él me amó antes y lo ha mostrado al inclinarse a mí para oír mi oración.

Es algo que todos debemos mostrar. El creyente no sólo sabe que ama, sino que ama porque sabe. Las oraciones contestadas son como cuerdas que atan nuestras almas a Dios. Pero, las respuestas no son ocasionales, son continuas, por tanto el amor debe ser también así. La respuesta divina abrió las fuentes del amor. Dios en su sabiduría permite nuestros aprietos a fin de que clamemos para darnos otra prueba de su amor al responder nuestra súplica.

Las experiencias pasadas me animan a seguir orando. Me ha respondido ¿y qué después? Volveré a suplicarle su ayuda, su dirección, su luz, su compañía, su consuelo y su esperanza. Esto será sin cansarme, “le invocaré todos los días de mi vida”, no ciertos días, sino todos. Lo haré apoyado en el nombre de Jesús. Lo he recibido como mi Salvador y ahora Dios recibe mis oraciones por amor a su Hijo. Glorioso nombre que franquea mis oraciones para que pasen libremente dentro del lugar de Su gloria.

Oración: Señor, enséñame a orar y anímame para hacerlo, porque Tu oyes mis oraciones. Por Cristo, amen.

Alabanza: Es Por Tu Gracia, JAR – https://www.youtube.com/watch?v=q8DI53R3uVU