“Por cierto tu malicia es grande, y tus maldades no tienen fin”. (Job 22:5)

Si nosotras pudiéramos ver el pecado con los mismos ojos con que Dios lo ve, los senderos por los que transitamos fueran completamente diferentes.

Vivimos en una época donde los límites de la moral se han desplazado hasta hacerlos casi inexistentes o al menos imperceptibles. Se promueve la promiscuidad sexual como la cosa más natural del mundo. La política, al parecer, concede patente legal para el ejercicio de la corrupción generalizada, el desfalco de las arcas del Estado, y el robo de los fondos públicos sin que las autoridades judiciales y competentes ni se “enteren”.

El texto describe el pecado desde la perspectiva de Dios: “Por cierto tu malicia es grande, y tus maldades no tiene fin”. Dios no contempla el pecado con el mismo criterio de superficialidad con que nosotras. La frase “por cierto” indica un contraste marcado entre nuestro distorsionado pensamiento y la verdad de Dios. Para quienes no conocen de Cristo el pecado es un chiste, un hábito natural y un pasatiempo en el cual se puede permanecer sin temor a las consecuencias que se desprender del mismo. Pero, no se dan cuenta que sus pecados, tarde o temprano, las alcanzarán (Nm 32:23).

Si pudiésemos entender la profundidad y la “pecaminosidad” de nuestros pecados, no fuéramos tan soberbias. Basta ver al Hijo de Dios destrozado en el madero, coronado con espinas, siendo el centro de desprecio y de burla allá en la cruz del Calvario, para que podamos cuantificar en su justa dimensión el remedio provisto por Dios para el mal del pecado. Todo remedio debe estar en consonancia con la  enfermedad; un cáncer muy agresivo debe ser tratado con quimioterapia y no con remedios caseros. De la misma manera, morir en la cruenta cruz para cargar con nuestras culpas, nos habla grandemente de la gravedad de nuestros pecados: “Por cierto tu malicia es grande…”, dice Job.

Por eso el juicio de Dios contra el pecado es terrible. Nuestras maldades no tienen fin. Si no fuera por la misericordia de Dios que llena la tierra y el freno moral que la gracia común impone sobre cada hombre, este planeta sería un lugar inhóspito e invivible.

Oración: Gracias Señor mi Dios por darnos a Cristo, quien nos libra del yugo del pecado y nos limpia de toda maldad (1 Jn 1:9). En su nombre oramos. Amén

Alabanza: Dame Tus Ojos, MGandara – https://www.youtube.com/watch?v=bPTn0u1GRQ0

Carmen de Corniel para Maestras del Bien – Derechos Reservados © 2016 –www.Maestrasdelbien.org

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