“Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios, y a la paciencia de Cristo” (2 Tesalonicenses 3:5).

Dios sabe lo fácil que resulta para nosotros confundir el camino y desviarnos de la verdadera senda. Sobre todo cuando atravesamos el valle de lágrimas y buscamos camino para acortar la prueba, sin darnos cuenta que aquel que no queremos es el que Dios puso en Su soberanía para que caminemos por él. Los recursos de la gracia están siempre a nuestra disposición, vivimos en ella y en ella hay provisión para cualquier necesidad. Aquí hay uno de esos tesoros admirables, el Señor actúa encaminando, conduciendo a cada uno para alcanzar la victoria. El verbo encaminar aquí expresa la idea de dirigir enderezando el camino, quitando los obstáculos para hacerlo practicable. Pero éste que se abre no es para los pies sino para el corazón: “el Señor encamine vuestros corazones”. Este es realmente el secreto de la bendición. El corazón es el núcleo de la vida, de modo que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6:45). Esto es, la disposición del corazón producirá la forma de vida.

Dios quiere orientar nuestros pasos en el camino de Su amor. Para eso actúa en nuestro corazón para conducirlo en esa dirección. Pudiera entenderse como el amor que nosotros debemos tener hacia Dios. Pero también cabe que nuestros corazones se orienten de tal modo que no haya obstáculos para experimentar en plenitud Su amor hacia nosotros. Ambas cosas son posibles aquí. Sin embargo, nuestra gran necesidad, en medio de la vida, es saber que Dios nos ama y que no deja de hacerlo. A veces en las pruebas vendrá el susurro de nuestro enemigo para hacernos dudar de Su amor, formulado la pregunta del desaliento ¿Crees que estás siendo tratado con afecto, cuando quien es Omnipotente permite que seas sacudido por la adversidad? El que sabe la necesidad que tenemos y permite la prueba, conduce nuestro corazón a ese amor imposible de entender que le lleva a dar a Su Hijo Unigénito por nosotros. Tal vez tenga que decirnos: No entiendes esto ahora, pero debes sentir que con amor eterno te he amado, por tanto te extiendo mi misericordia. El corazón conducido al amor de Dios, sabe que la provisión se manifestará y puede descansar confiadamente en medio de las dificultades.

También el Señor orienta nuestros corazones a la paciencia de Cristo. Enseguida pensamos en la paciencia con que Jesús soportó las tribulaciones, desprecios, burlas e incluso la muerte, dándonos ejemplo. Pero el tema de la Epístola tiene que ver con la venida del Señor, por tanto está orientada a la paciencia de la vida mientras esperamos el momento del encuentro con Jesús. Es la entereza en medio de la tribulación, de los vituperios, del sufrimiento, en la batalla de la fe. ¡Que admirable Dios! conduce nuestros corazones a su amor, y lo hace también a la esperanza. Pronto se cerrará el camino de la prueba para amanecer el  glorioso día de la felicidad eterna. Un corazón orientado por Dios ve el tiempo presente como “plenitud de gozo” y el futuro como “delicias a tu diestra para siempre.

Oración: Sí, alma mía, confía, descansa y gózate porque Dios tiene cuidado de ti.

Alabanza: Mi Anhelo, JMurrell – https://www.youtube.com/watch?v=-c58FV5n1A0

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