“Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia” (Salmo 66:20).

Este versículo además de una bendición, es mi experiencia personal. Podría decir hoy las misma palabras del salmista. El Señor no echó de sí mi oración. Siempre que he recurrido a Él, me ha escuchado. Le he presentado mis peticiones, muchas veces en el gozo, pero también otras muchas en la aflicción. Mis palabras no fueron perfectas, mi expresión fue, en ocasiones, acompañada de poca fe, a veces tuve que confesarle mis fracasos, pero nunca echó de Sí mi oración. Sin mérito alguno acudí a Él, sin valores humanos en que pudiera fijarse mi Señor, pero siempre me oyó.

Luego, al oír mis palabras, al aceptar mi oración, actuó invariablemente con misericordia; pasando mi miseria por su corazón de amor, para darme el socorro oportuno y la porción de gracia necesaria para cada momento. Hoy me acerco al Trono de Gracia en pobres palabras pero sé que no echará de Sí mi oración. Su oído estará atento a lo que digo, tomará mis problemas en Su mano, escuchará mis anhelos y me responderá concediéndome lo que sea mejor para mi vida, en su tiempo y conforme a lo que en su infinita sabiduría le parezca mejor. Mi mente no alcanza a comprender esta maravilla de su bondad. Entro a Su presencia, me acerco a Su mismo trono y, como si se tratase de hacerle entrega de algo,  pongo delante de Él, en Su mano, mi oración. No me ignora, no me rechaza, no me aleja de Él, benignamente recibe mi petición. Sé que muchos de mis conocidos evitarían oír mis palabras, y nada digamos de mis enemigos, que ni escucharían mis súplicas ni concederían mi petición aunque pudiesen hacerlo. Sin embargo, mi Señor me escuchará siempre. Mis adversarios se burlarían de mis oraciones acompañadas de lágrimas, pero, el Señor no echará de sí mi oración. Pone mis lágrimas en su redoma y escucha atentamente mis súplicas.

El corazón admirable de mi Salvador, lleno de amor hacia mí, conocedor de mis tristezas, sabedor de mis fracasos, será impulsado por Su infinita misericordia. Mis miserias no serán ajenas a Su compasión, comprenderá el alcance de mi problema y vendrá a darme el socorro que necesito. No solo no rechaza mi oración, sino que la recoge en Su corazón. Su mano de gracia actuará para sustentarme si resbalo, para restaurarme si he caído, para darme fuerzas en el tramo difícil del camino, para secar mis lágrimas y acompañarme en las tristezas. Él tendrá el oportuno socorro para mí. Yo solo veo el presente y siento el pasado, pero Él me dará lo que es mejor porque conoce el futuro. En Cristo tengo abiertas las puertas de Su gracia y los recursos de Su misericordia. Puedo llevarle mis cargas ahora mismo y descansar en Él, seguro de que seré ayudado. Tal vez el socorro me parezca que tarda mucho, pero llegará siempre en el tiempo oportuno. Solo puedo decir: “Bendito sea Dios”.

Oración: Señor, dame firmeza en mi fe para descansar en la seguridad de que nunca echas de Ti mi oración, ni apartas de mí tu misericordia. Amén.

Alabanza: Tu Misericordia, MWitt- https://www.youtube.com/watch?v=Z0oh7f5k24s

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org

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