“Te amo, Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio” (Salmos 18:1-3).

El salmista David, como buen conocedor de la misericordia y el amor de Jehová se detiene a recordar con corazón agradecido, los antiguos peligros y las posteriores liberaciones de que fue objeto por parte de su Dios. El repasa su vida, y nos enseña los innumerables motivos para amar al Dios que había tenido tal providencia hacia él.

David se complacía en que Dios fuera su fuerza en medio de su debilidad y su peñasco cuando sus fuerzas estuvieron nulas. Reconoce a Jehová como su amparo cuando se sintió desprotegido y el libertador de todos sus problemas.

David que había escapado de las manos de Saúl en las montañas pedregosas de la región de Judea, reconoce que Dios es la única peña para su refugio, el escudo que lo libra de los dardos del enemigo y su más alto escondite donde nada ni nadie lo puede atacar ni encontrar.

Definitivamente para David, Dios era todo lo que necesitaba y por eso lo amaba. ¿Sabes que ese mismo Dios es hoy día nuestro Dios? Tenemos un Dios grande, que merece ser amado por lo que es, por lo que representa para nosotras y por esa salvación tan grande que nos ha regalado a precio de su Hijo Jesucristo.

Oración: Te amo oh Dios fortaleza mía, mi refugio y mi protección en el día de la angustia. En el nombre de Jesús te doy gracias, amén.

Alabanza: Quiero Mas de Ti, JMurrell – https://www.youtube.com/watch?v=FfDPc6b-uyU

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