“Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo soy Jehová Dios tuyo, que te enseña provechosamente, que te encamina por el camino que debes seguir” (Isaías 48:17).

Cuando Dios habla debemos estar atentos. Él se presenta de una forma peculiar llamando nuestra atención hacia Su Persona. Es Jehová, el Dios que pacta, el que se aproxima al hombre, el que le ama, el que busca a los Suyos para llevarlos en victoria, el Dios de las promesas que las cumple porque es fiel. También es nuestro Redentor.

Lo es individualmente Redentor tuyo. Nos ha comprado para Sí, pagando por nosotros el infinito precio de Su vida. Es Redentor de todos los creyentes, pero quiere que lo consideremos a nivel personal y ante Él podamos decir es mi Redentor. La entrega de Su vida fue por mí. Además habla el Santo, que no tiene relación con el pecado, que es adorado por los ángeles que dicen ante Su trono: Santo, Santo, Santo. Este admirable Dios viene a mi encuentro para darme un mensaje al que debo prestar atención, porque no es hombre sino Dios quien habla.

La primera parte de Su mensaje es para que recuerde quien es Él. Mírame, dice, yo soy tu Dios. El Creador de cielos y tierra, sustentador del universo, dueño y Señor de los ángeles, hacedor de maravillas, capaz de asombrarte con mi gloria hasta que caigas derribado a mis pies. Soy tu Dios personal, que conozco cuanto eres y cuanto necesitas y estoy pronto ayudarte. Este Jehová, mi Dios, extiende sus alas de protección cuando el frío de la prueba o el calor tórrido de la tribulación vienen sobre mí. Es quien se hace fortaleza para ser mi refugio, compañero para mi camino, consejero para mis dudas, consuelo para mis tristezas, esperanza para mi vida. Tal vez no lo he visto con claridad, por eso llama mi atención hacia Él, para decirme: Soy tu Dios que te hablo.

Está empeñado en una tarea: que yo aprenda, que deje de ser un niño espiritual para avanzar en la madurez de la vida cristiana. Su escuela no es siempre fácil para mí. En ocasiones me sienta en el banco de las pruebas para enseñarme la lección de la dependencia, de la paciencia y de la confianza. Otras veces me sitúa en el taller de los milagros, haciéndome ver que es poderoso para hacerme superar los obstáculos más difíciles, trasladándome sobre Sus alas de gracia. En momentos me hace sentar junto a arroyos de aguas y me da descanso sobre pastos de amor. Cada paso de mi vida es una experiencia más en Su programa para mí: que aprenda provechosamente.

El Santo y glorioso Dios está abriendo el camino por donde debo andar. Cada recodo, cada tramo recto, cada cuesta empinada, cada lugar resbaladizo, paso a paso ha marcado mi camino. La luz de Su rostro alumbra cada momento. La mano de gracia toma la mía para hacerme avanzar cuando las fuerzas flaquean. Su dedo apunta al último tramo alentándome mientras me señala las glorias eternas que podré disfrutar a Su lado para siempre.

Hoy tiene una nueva lección que debo aprender. Un tramo nuevo del camino que debo recorrer. Pero sobre todo me invita a prestarle atención.

Oración: Padre, que pueda decirte ahora: Habla, Señor, tu siervo oye. En el nombre de Jesús, amén.

Alabanza: Vasijas Rotas (Sublime Gracia), Hillsong – https://www.youtube.com/watch?v=6GDgPh_ilEM

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org