“Ni habrá más llanto” (Apocalipsis 21:4).

El matiz de las palabras es importante. Comenzó la primera bendición diciendo que Dios enjugaría las lágrimas, las haría desaparecer. Aquí habla de que el llanto cesará por completo. Debemos prestar atención a esta palabra. Es el resultado de lo que hoy se llama angustia vital. El llanto es la efusión de lágrimas acompañadas de lamentos y sollozos. Es probable que no tengamos una experiencia directa de esto, pero hay muchos que están sumidos hoy en esta situación, tal vez alguno de los que leen esta reflexión. No importa cuántos sean, ni cual la intensidad de la angustia que lo produce, la promesa de Dios es cierta y fiel. El consuelo llega cuando leemos que en el lugar que prepara para nosotros “no habrá más llanto”. La transitoriedad de las cosas es evidente, puede que el llanto dure toda la vida, pero nada es comparable con lo que esperamos cuando estemos para siempre con el Señor.

Literalmente la promesa de Dios dice: no habrá más duelo. Esa situación es producida por los problemas que genera el pecado. No había tal experiencia antes de la caída de nuestros primeros padres. La paz, la calma, el gozo, el disfrute era continuo cada día. Luego llegaron las lágrimas, las tristezas y el duelo. El hombre comenzó la experiencia de la angustia y ya no ha parado de sentir el duelo en todos los años de su existencia. Quiere decir que el llanto es producido por el pecado y sus consecuencias, bien sea por el propio o por el actuar pecaminoso de otros. De ese modo gemían los israelitas a causa de la opresión de los egipcios (Ex 2:23).

Algunos pasan por la experiencia de David, cuando decía “me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas” (Sal 6:6). El problema viene, la aflicción se produce convirtiéndose en “mi gemir todo el día” (Sal 32:2). Poco a poco nos sentimos “debilitados y molidos en gran manera” (Sal 38:8). Pero, miremos un poco más adelante. Dios va a trasladarnos el lugar que con amor eterno prepara para nosotros, en donde no existirá el pecado y sus consecuencias, libres de aquello que lo produce, no habrá más llanto. Nunca más experimentaremos aquello de lo que el Señor nos libró por Su obra, porque “ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Is 53:4). El Salvador murió para librar a todos los que estaban durante toda la vida sujetos a esclavitud (He 2:15). Las situaciones y condiciones difíciles, en un mundo lleno de sinsabores y angustias, contaminado por el pecado, donde el mal se manifiesta y la angustia se produce, concluirán para siempre y el llanto producido por las adversidades dará paso al gozo eterno en la presencia de Dios.

La Palabra nos invita a ver las cosas con perspectiva de eternidad. El tiempo mío puede ser difícil, el llanto tal vez forme para de mi vida. La aflicción puede estar consumiéndome. La tristeza es posible que sea mi compañera. Pero se acerca el día en que no habrá más llanto. Ahora persiste por un poco de tiempo, luego cesará para no volver a manifestarse más.

Oración: Señor, quiero tomar la promesa que tienes para mí, aferrarme a ella y sentir que Tú estás en el control de mi vida, que nada ocurre sin Tú permiso y sustentarme en Tú gracia para dar un paso más en el camino. En Cristo Jesús, amén.

Alabanza: En El Trono Está, CD’Clario – https://www.youtube.com/watch?v=LB8VS3cPUag

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org