“Ni dolor” (Apocalipsis 21:4).

El versículo se cierra con el cuarto motivo alentador. Dios promete que en Su presencia, en el lugar que prepara para nosotros, no habrá dolor. Generalmente el dolor es el resultado de la enfermedad y ésta del pecado de nuestros primeros padres. Eliminada la causa, que es el pecado, desaparecen las consecuencias. El dolor forma parte de la experiencia humana. Todos lo sentimos en algún momento, bien sea ocasional o puntual, bien continuado o permanente. A medida que los años pasan los dolores se acentúan. No tengo duda que entre los lectores habrá muchos que estén pasando por la prueba del dolor, que en ocasiones se hace insoportable. Pero cualquier creyente en circunstancias difíciles de dolor, puede levantar los ojos por fe a la Ciudad Celestial y disfrutar ya la gloriosa dimensión que esperamos y saludamos en la distancia, firmemente seguros del cumplimiento fiel de la promesa: No habrá dolor.

Debemos recordar que aunque el dolor es consecuencia del pecado, no siempre se produce porque el creyente tenga pecado oculto sin confesar. En muchas ocasiones el dolor que acompaña la pérdida personal es una prueba permitida por Dios, como en el caso de Job. El dolor puede ser físico, pero también psíquico o espiritual, es decir, producido en la parte material de nuestro cuerpo o en la parte espiritual. La angustia de una depresión es generalmente de mayor intensidad y más difícil de soportar que un dolor físico. Algunos espiritualistas proclaman a todos los que les escuchan que el problema sicológico, como una depresión, no es posible en el creyente y siempre es consecuencia de pecado encubierto, esto es puro platonismo no bíblico. He visto derramar lágrimas de angustia a queridos hermanos que, enfermos en su parte espiritual, eran arrastrados por líderes ignorantes a un ejercicio de búsqueda de algún pecado sin confesar. El hombre está formado por una parte material, su cuerpo, y otra espiritual. Ambas están bajo la herencia recibida del pecado de nuestros primeros padres, y ambas partes pueden enfermarse. De la misma manera que un médico no es pastor, tampoco un pastor es médico. Del mismo modo que la enfermedad de un órgano físico de nuestro cuerpo debe ser tratado por un especialista en medicina, así también la enfermedad en la parte espiritual que comprende la mente ha de serlo por un especialista médico. La oración, la lectura de la Palabra, los buenos consejos sirven de ayuda, pero la enfermedad de la parte espiritual requiere un tratamiento como el de la parte material.

Jesús no pronunció discursos sobre el dolor, sino que sufrió personalmente hasta la muerte, y muerte de cruz. Los hombres y las mujeres, los angustiados, los pecadores, los que sufren, salen al encuentro del Señor y son tratados con amor. El dolor no es algo de que avergonzarse o que se debe ocultar. Jesús mismo por lo que padeció aprendió obediencia” (He 5:8), de la misma manera nuestro aprendizaje que nos conduce a la madurez espiritual pasa por la experiencia del dolor.

Oración: Señor, En medio de la aflicción miro al cielo y escucho la promesa divina: “No habrá dolor”. Mis aflicciones son momentáneas, mis sufrimientos temporales. Habrá una nueva situación de felicidad eterna, que puedo disfrutar ya por medio de la fe. Gracias amado Cristo.

Alabanza: Descansa, LGoodman – https://www.youtube.com/watch?v=qGS92eDDsfc

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org