“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel. No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú” (Isaías 43:1).

El excesivo afán por dividir la Escritura en pasajes que son para Israel y otros que lo son para la Iglesia, impide muchas veces el consuelo de palabras como estas. Pero ¿no están dirigidas al pueblo de Dios? ¿No expresan el reflejo de lo que nosotros somos y de lo que el Señor hizo con nosotros? El pueblo en cautiverio entonces necesitaba el aliento de una promesa como ésta, que les permitiera ver el presente con confianza y el futuro con seguridad. Así también nosotros hoy. Acerquémonos al texto y hagámoslo nuestro en la seguridad de lo que somos para Dios.

Primeramente se presenta el Señor, como Creador. Lo fue del hombre que somos nosotros. El nombre que se da aquí a la creación Suya es el de Jacob. Este es un título que corresponde fielmente a la condición personal del hijo segundo de Isaac. No es deseable su significado. Jacob equivale a usurpador. Él nos hizo perfectos, pero el pecado corrompió nuestra condición. Somos todos usurpadores de condición. En origen deseamos ser lo que sólo puede ser Dios. La criatura ha intentado ser lo que sólo puede serlo el Creador. Nos conviene, espiritualmente hablando, el nombre de Jacob a cada uno de nosotros. Somos, por esa causa, los sin derechos. Nuestra condición nos hace ser merecedores sólo de la condenación y de la ruina eterna.

Pero el mismo que es Creador es también Formador. Con su intervención cambia el nombre de Jacob por el de Israel. De usurpador a Dios lucha, el que deja de luchar por sí mismo para descansar en Aquel que lucha por él. Ese ha sido también nuestro cambio. En la oscura noche de nuestra condición, cuando el temor invadía nuestra alma, Dios se manifestó. La lucha divina fue no con nosotros, sino por nosotros. El enemigo que nos retenía sin esperanza fue derrotado y nosotros salimos a vida eterna por fe en Jesucristo. El Formador nos ha introducido en Su casa y familia, nos hizo Sus sacerdotes, nos introdujo en el rebaño que pastorea el Gran Pastor de la ovejas y cambió nuestro destino de perdición en seguridad de gloria eterna.

Este admirable Dios viene a nuestro encuentro en Su palabra. Nos hace sentir que no hay razones para temer, que no debe haber nada que turbe nuestro ánimo. Es más habla de seguridad al decirnos “no temas” y nos da dos razones poderosas para alentarnos. Primero hemos sido comprados por Él, “te redimí”. El costo de hacernos Suyos ha sido el de la vida de Su Hijo. Mira tu posición eres de Dios ¿quién podrá dañar al que es Suyo? Además habla de un nuevo nombre que nos ha puesto. Es algo sublime: “mío eres tú”. Somos Suyos, Sus hijos amados. El advierte que todo el que intente tocar a uno de ellos es como si tocase la niña de Su ojo (Zac 2:8). Si soy Suyo tendré Su ayuda en cada momento que necesite. Me puso un nombre que Él conoce. En medio de miles de hijos, sabe quién soy y que necesito.

Oración: Gracias Padre porque acaso una grave enfermedad me inquiete, Jesús me dice: “no temas… eres mío”. Tal vez algún conflicto altere mi calma, pero sé que Él lo conoce, y por eso puedo recuperar la seguridad al oír que me dice: “No temas… te puse nombre… eres mío”. Amén.

Alabanza: Eres El Dios, Julissa – https://www.youtube.com/watch?v=wu4Q9MKj-hg

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org

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