“Por cierto, vanidad son los hijos de los hombres… y tuya Señor es la misericordia” (Salmo 62:11)

Luego de recordar lo que Dios es, de afirmarse en la fe de modo que puede mantenerse sin resbalar, el escritor concluye pensando en donde está la verdadera ayuda en los momentos difíciles.

El salmista introduce la estrofa diciendo “solamente vanidad son los hijos de los hombres”. Las ayudas que procedan de ellos son como también vanidad, esto es, algo sin consistencia. Pudiera parecer que los ayunadores son fuertes a nuestros ojos, pero para Dios son sin consistencia. No hay ninguna diferencia entre ellos, los humildes, a quienes llama hijos de los hombres, y los poderosos calificados como hijos de varón, gente de altura, todos ellos son vanidad y mentira. Esta inutilidad contrasta con la suficiencia de Dios. Pensamos muchas veces que los recursos para nuestra dificultad pueden venir de los hombres. Ellos pueden darnos la provisión que necesitamos. En ocasiones serán económicas, ellos tiene las riquezas; otras serán laborales, ellos tienen las empresas; en ocasiones será una grave enfermedad, ellos tienen la ciencia. Nuestros ojos se fijan en ellos, nos parecen grandes y dignos de confianza, pero nuestros ojos no son los de Dios, Él los ve y dice: “Pesándolos a todos en la balanza, serán menos que nada”. Esta es una lección que necesito hoy. Lo que tengo por valioso queda reducido a nada. ¿Quién confía en la vanidad teniendo todo lo suficiente en Dios? ¿Quién busca la apariencia cuando dispone de la realidad?

Dios nos ha llamado por medio del Salmo a estar callados (v1), y a confiar reposadamente (v5). Las dos cosas son difíciles de practicar, pero ambas son imprescindibles para ser bendecidos. Cuando nosotros callamos delante de Dios y descansamos en Su gracia, es cuando podemos oír Su voz hablándonos en medio de las tormentas de la vida. Los temporales no acallan Su voz, pero sí guarda silencio cuando nosotros hablamos. Si guardamos silencio delante de Él podremos tener una doble manifestación Suya. El habla una sola vez, pero nosotros la oiremos dos veces (v11). No sólo exteriormente, con nuestro oído espiritual por su Palabra, sino también con nuestro corazón. El Espíritu dialoga con nuestro espíritu para hacernos sentir la voz de Dios. En ocasiones el Señor nos habla muchas veces pero no le oímos ni una sola vez, porque estamos ocupados en nosotros y en lo que nos rodea.

Cuando dejamos de luchar y descansamos confiadamente a la sombra de Sus alas, nos hablará una sola vez, pero le oiremos dos veces. Sabremos entonces que el poder y la misericordia están entretejidas en Su divina naturaleza. Sabremos que nuestras miserias no pasarán desapercibidas a Su misericordia. Dios pasa nuestras miserias por Su corazón y responde a ellas conforme a Sus propósitos, atendiendo a nuestras necesidades con las riquezas en gloria en Cristo Jesús.

Oración: Señor, mi necesidad es poder decir con seguridad: EnTí solamente está acallada mi alma, porque en Tí está el poder que necesito.

Alabanza: Nadie Me Dijo, LGoodman – https://www.youtube.com/watch?v=Mgw8b-ZwuBA

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