Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13).

El perdón es uno de los conceptos con los que mas luchamos en nuestra vida.

He podido ver como la falta de perdón puede provocar luchas en nuestro interior, entre lo que sentimos y lo que sabemos que debemos hacer. También, como la falta de perdón te estanca impidiéndote disfrutar del presente o de las cosas positivas que Dios te da.

Pero al hablar del perdón no hablo solo de perdonar a otros, sino aun de perdonarnos a nosotras mismas, pues muchas veces nos estancamos y rehusamos seguir adelante porque no nos hemos perdonado. Al hacer esto seguimos cargando la misma pesada mochila por siempre.

Por otro lado, sé que perdonar no es algo fácil, que la otra persona no siempre se lo merece, y que olvidar cuesta mucho. Pero aunque es algo con lo que yo misma lucho, sé que perdonar es lo que Dios desea, y es totalmente posible.

Nuestro Padre Celestial desea que perdonemos porque él sabe que cuando no lo hacemos nos alejamos de la comunión íntima con él, y nos dañamos a nosotras mismas llenándonos de rencor y de amargura.

La amargura que nos invade luego nos estorba, y contamina a los que están a nuestro alrrededor del mismo mal humor, negativismo, hostilidad y mal proceder. Lo que es peor, nos impide alcanzar la gracia y el favor de Dios que tanto necesitamos para cada día.

Oración: Dios, quiero entregarte esta carga tan pesada. Ayúdame a soltarla porque mi voluntad no la quiere dejar ir y perdonar. Pero necesito ser libre, sonreir, y volver a gozar de una comunion viva Contigo. En el nombre de Jesús, amen.

Alabanza: Alegría Me Das, Hillsong – https://www.youtube.com/watch?v=obFhkhSri7Y

Gabriela Luisi para Maestras del Bien ©2016 – vivita su blog en: https://gabrielaluisi.com Derechos reservados www.maestrasdelbien.org

2 COMENTARIOS

    • Amada S.Tejada debemos aprender a aceptar el perdón de Dios por nuestros pecados. Muchas veces nos sentimos tan culpables que rehusamos hacerlo y seguimos viviendo con el sentimiento de culpa, frustración o dolor, lo cual nos impide descargarnos y ser feliz, sonreir, re-estalecer una relación o el ministerio al que Dios nos llamó.

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