“Haz con tu siervo según tu misericordia, y enséñame tus estatutos” (Salmo 119:124).

La estrofa del Salmo (vv.121-128), presenta al creyente rodeado de dificultades e inquietudes. No procura librarse él, porque carece de fuerzas, pero apela y descansa en la misericordia de Dios. Esta es la palabra sobre la que gira la estrofa: la gracia que resuelve nuestras dificultades. Comienza con una nota de depresión, pero termina con otra de seguridad.

En el conflicto el creyente pide ayuda en una oración breve: “no me abandones a mis opresores” (v. 21). No importa cuál sea opresión que nos aflige, puede tratarse de enemigos que acosan, tal vez la pérdida de nuestros bienes, acaso la enfermedad que debilita y consume, o incluso la partida de uno de nuestros más queridos. La aflicción que oprime es presentada delante de Dios pidiendo Su misericordia. El salmista pide también por firmeza: “Afianza a tu siervo para bien” (v. 22). Afianzar es comprometerse con un deudor. Esta es una petición de dependencia. Así también clamaba Job: “Dame fianza, oh Dios; sea mi protección cerca de ti” (Job 17:3). En medio del conflicto depositamos nuestra confianza en Dios, diciéndole: “no permitas que los soberbios me opriman”. De otro modo: Señor, no puedo defenderme de la aflicción que me oprime, pero la pongo en tu mano. Esta es la mejor defensa en el conflicto. Tal vez haya que pasar un largo periodo en la angustia. Los ojos agotados de llorar desfallecen esperando la salvación de Dios (v. 23). La ayuda demorada, la tristeza mantenida, es una gran prueba para la fe, pero, aunque los ojos se cansen, Dios no fallará. El socorro vendrá cuando sea tiempo. No se trata de inquietud sino una experiencia de fe que descansa en la fidelidad de Dios. La espera en la tribulación “produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co 4:17).

Pide también misericordia (v.24), y esta petición la hace desde la condición de un siervo que no tiene ningún derecho. Sólo busca sentir la gracia de Dios actuando, como si dijese: Señor, mira mi miseria y pásala por tu corazón de amor, para venir a socorrerme. Pero también pide discernimiento (v. 25). En medio de la prueba, cuando hay un ¿por qué? que no tiene respuesta, la Biblia nos invita a preguntar a Dios. No es el para qué lo que consuela sino el porqué de la prueba. Dios responderá al alma que le pide (Stg 1:5). Algo más, luchamos con la tristeza, batallamos contra la angustia y muchas veces persiste, de ahí que el salmista diga a Dios: “Tiempo es de actuar, oh Señor” (v.126). ¿No es una arrogancia, semejante petición? ¿Puedo decir a Dios que es tiempo para que actúe? La interpretación es otra. Así debo orar: Señor, es tiempo de apartarme de actuar yo, para que actúes Tú”. Dios obra cuando nosotros guardamos silencio y esperamos en Él.

Acaso sea hoy un día muy difícil para mí. Tal vez esté en un camino de aflicción o tristeza, sumido en cieno profundo donde no hago pie. Quizás mis fuerzas son ya incapaces para sostenerme, “en mi gemir todo el día”.

Oración: Alma mía, descansa un poco, toma sosiego y mira a lo alto, y ora con plena certidumbre de fe: “Oh, Señor, no me abandones a mis opresores, haz con tu siervo según tu misericordia”. Por Cristo Jesús, amén.

Alabanza: Tu Misericordia, DMontero – https://www.youtube.com/watch?v=WPQUmTnbi8I

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2016  –www.Maestrasdelbien.org