“Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo.” (Daniel 6:22)

¡Cuánto gozo nos produce ser beneficiarias del cuidado de Dios! Pero qué difícil es el proceso. Esa noche para Daniel no debió ser muy cómoda, solitario entre leones hambrientos.

Cada día tenemos ataques desde diferentes ángulos que nos provocan para que le faltemos a nuestro Dios, para que nos alejemos de Él, incluso para le ofendamos o le neguemos. Son leones rugientes tratando de devorarnos.

Daniel supo escoger dónde poner su mirada, en quien confiar. Si hubiese pasado la noche ideando formas de cómo escaparse o dándole cabida al miedo, probablemente hubiese sido librado de los leones pero no de sus propios temores. No hubiese podido ni advertir el cuidado de Dios a su favor.

El rugido del león solo tiene efecto en nosotras si se lo permitimos o le prestamos oído. Un corazón que descansa en la fidelidad de Dios y una mirada puesta en Jesús JAMÁS se deja amedrentar por un rugido, que nunca podrá hacer más de ahí. No tiene poder para dañarnos porque Cristo es nuestro escudo y fortaleza. Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3:3).

En cada ataque del enemigo mantén tu vista en el Eterno. Tu corazón sentirá paz y podrás esperar quietamente la salvación que Dios obrará.

Oración: Grandioso y maravilloso Redentor, Tú has sido nuestro refugio y fortaleza de generación en generación. Mi corazón descansa en Ti pues no hay lugar más seguro ni en el cielo ni en la tierra. Guárdame en el día difícil para que mis ojos nunca se aparten de Tí. En el nombre de Jesús, amén.

Alabanza: Tu Mirada, MWitt – https://youtu.be/_RYuJjX4rSM

Jazmín Guzmán de Pérez para Maestras del Bien – ©2017 Derechos Reservados www.maestrasdelbien.org