“Y puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas” (Apocalipsis 1:17).

Cuando uno tiene a nivel personal la experiencia de la partida de su ser más querido, se produce una situación que yo definiría como demoledora. El tiempo mitiga el dolor, pero no lo retira del todo; seca las lágrimas, pero no las hace desaparecer; pone bálsamo sobre la herida del alma, pero no cura la cicatriz; llena espacios, pero no evita sentir la ausencia; permite sonrisas, pero no cancela la tristeza. Además en la vida del creyente, aunque sea una persona de fe firme, es inevitable la pregunta: ¿Por qué? Esta pregunta, no te esfuerces, no tiene respuesta, humanamente hablando. Dios también guarda silencio casi siempre a tu pregunta.

La gracia provee de ejemplos que nos ayudan en estas circunstancias. Ahí está la Palabra hablándome este día. Juan estaba desterrado en Patmos, la isla de los presos peligrosos, de los proscritos sociales. Fue llevado allí por causa de “la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo” (Ap 1:9). No tengo ninguna duda que la misma pregunta estaba en la mente del apóstol: ¿Por qué permite el Señor que pase por esta situación? No sé cuántos días pasó Juan en esta incertidumbre; no sé si su fe flaqueó en alguna ocasión; no sé cuántas lágrimas afloraron a sus ojos y rodaron por sus mejillas en el silencio de la noche; pero, tengo la certeza que, desde el punto de vista humano, aquello era incomprensible para él. Esa fue también mi experiencia, cuando partió mi esposa para estar con Cristo. Las noches en soledad son malas compañeras, los días transcurren con demasiada lentitud, la tristeza del alma sólo es comprensible para quien la experimenta, pero, sobre todo, la pregunta no cesa: “¿por qué?”.

Pero, de pronto, se abre delante de mí el texto seleccionado para estas palabras de aliento. Juan fue llevado a Patmos, no para que recibiera revelaciones proféticas que escribió en el Apocalipsis; Dios se las hubiera podido dar en otro lugar. El Señor permitió a Juan aquella tremenda experiencia para que pudiera sentir el contacto de Su mano sobre él. La mano que habla de amor, porque está horadada; que habla de poder, porque sustenta el universo; pero, sobre todo, una mano personal que se apoya en el hombro del que sufre para darle, con Su contacto, la palabra de mayor consuelo que podemos recibir: “No temas”.

El temor al futuro, el miedo a la soledad, la experiencia de desaliento, reciben la provisión de la gracia. Hoy, el Señor me dice, te he dejado llegar a tu Patmos personal, no para contestarte a la pregunta que tienes en el alma –aunque lo hiciera no lo entenderías porque mi pensamiento es mucho mayor que el tuyo– te he dejado llegar a esa situación para que puedas sentir mi mano sobre ti. Para decirte que no estás solo, para darte hoy, en este día –que siempre será difícil– el mensaje que necesitas: “No temas”.

Oración: ¡Oh, Señor, gracias porque estás ahí, a mi lado! ¡Te pido que hoy me dejes sentir tu mano sobre mí, y las palabras de aliento de Tu boca, para caminar esta jornada y las próximas, apoyado en Tí!

Alabanza: Tu Mano Me Sostiene, JAlvarado – https://www.youtube.com/watch?v=359znOTuvkA

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2017  – www.maestrasdelbien.org

 

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