“Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová”. (Salmo 34:19)

En la experiencia cristiana existen montañas y valles. Las montañas son esos momentos deleitosos y períodos de triunfo que tenemos en nuestra vida. Cuando estamos en la montaña podemos ver el panorama que está por delante con claridad y anticipación. Todo marcha viento en popa, el mundo nos sonríe y reina la paz. Un valle sin embargo, es un tiempo de batalla, prueba o soledad; ya sea por precariedad, enfermedad o dificultades.

Todas quisiéramos vivir en la montaña, pero es en los valles donde Dios perfecciona y transforma nuestro carácter. Es allí donde obtenemos las lecciones más valiosas de nuestra vida y donde Dios nos equipa con mayor eficacia para su servicio.

En el valle desarrollamos los frutos del Espíritu (Gal 5:22-23) -paciencia, templanza, dominio propio, misericordia, humildad, fidelidad y pureza- tan necesarios para la conducción de nuestras vidas, hogares y testimonio cristiano. Es allí donde Dios ablanda nuestro corazón de piedra, nos concientiza sobre el valor de la comunidad de fe y nos prepara para consolar a otras que sufren y atraviesan dificultades similares.

Cuando salimos del valle, salimos con un grado mayor de sabiduría, sensibilidad, madurez y disposición de servir, así como de una mayor comprensión de nuestras deficiencias y necesidades personales. Sobre todo, Dios saca lo que está teóricamente en nuestra cabeza y lo pone experimentalmente en nuestro corazón para que no sigamos siendo simples repetidoras de versículos, sino la personificación de los mismos.

Dios quien está comprometido con nuestro crecimiento espiritual (Filip 1:6) nos asegura que por amor de su nombre (Sal 23:3b) cumplirá su propósito proporcionándonos guianza, protección y provisión, mientras nos saca del valle de penurias y desiertos del camino, y conduce a tierras de leche y miel.

No sé cuánto tiempo has estado o estarás en el valle, pero mientras estés allí no te enfoques en las circunstancias del mismo llenándote de preguntas y quejas, sino en las promesas y presencia de Dios (Sal 23:4bc), quien ha prometido librarte de todas tus aflicciones (Sal 34:19) y seguirte con el bien y la misericordia todos los días de tu vida” (Sal 23:6a).

Nuestro Dios es Dios de los valles pero también Dios de las montañas (1 Reyes 20:28). ¡Aleluya!

Oración: Señor, entre tanto estamos en el valle, fortalece nuestra fe mediante la percepción de Tu divina presencia y socórrenos pronto. En el nombre de Jesús, amén.

Alabanza: Si Puedes Creer, LGoodman – http://www.youtube.com/watch?v=mapDHLfCKQQ

Violeta Guerra para Maestras del Bien ©2017 Derechos reservados www.maestrasdelbien.org -Publicado originalmente 10-19-2013