“… y después me recibirás en gloria” (Salmo 73:24).

La primera bendición del Salmo tiene que ver con la seguridad: Dios nos toma de Su mano. La segunda con la conducción: nos está guiando según Su consejo. Ahora, la tercera, que llena de paz el alma proyectándonos hacia el futuro definitivo: “Me recibirás en gloria”. Todos los que hemos experimentado la partida de uno de nuestros amados sentimos su ausencia. Puede pasar el tiempo, y a medida que transcurren los días, la fuente de nuestras lágrimas se seca, y ya no suspiramos como antes, pero lo que nunca desaparece es la añoranza del tiempo en que ya no se produzcan más las separaciones a causa de la muerte.

En el camino de la vida, Dios nos llama a mirar adelante. El Salmo expresa una firme seguridad. Al final del camino, está el encuentro con el Señor. La esperanza nuestra no está centrada en un determinado lugar que Jesús prometió preparar para nosotros, sino en el mismo Señor. Él es la esperanza de gloria (Col 1:27). Jesús prometió venir a buscarnos (Jn 14:1-4). El lugar a donde nos trasladará es admirable. Sus detalles impactantes: Será un lugar de dimensiones enormes (Ap 21:16), superiores a cualquier posibilidad humana, más de 2000 km. de largo por otros tantos de ancho y lo mismo de alto. Será un lugar de condiciones morales inimaginables: No habrá lágrimas, producidas ahora por la tristeza; no habrá muerte, que separa de los más queridos; no habrá llanto, resultado de la soledad y angustia; no habrá clamor, generado por las injusticias; no habrá dolor, porque no existirá enfermedad (Ap 21:4).

Mira un momento más, tal vez estés ahora secando tus lágrimas, pero Dios hará algo mucho mayor: las enjugará con Sus propias manos, es decir, retirará la causa que las produce para que no llores nunca más. El final del camino está marcado, allí terminará la andadura fatigosa de la vida. Allí el encuentro definitivo con quienes nos han precedido en la carrera cristiana y que ya disfrutan de la bendita presencia del Señor.

Sin embargo, la esperanza del encuentro, la reunión eterna, no debiera impedirnos ver la realidad de lo que nos espera. Jesús no dijo que nos tomaría a un lugar, dijo lo haría a Él mismo (Jn 14:3). El apóstol Pablo, cuando describe el acontecimiento de nuestro traslado a la patria celestial, termina con estas palabras: “Y así estaremos siempre con el Señor” (1 Ts 4:17). ¿Te imaginas, verlo cara a cara y estar para siempre a Su lado? La gloria de la esperanza es Jesús mismo. Allí podremos ver esa mano derecha que nos ha tomado para salvación. Cerca de nosotros podremos ver la Persona que, lleno de amor, condujo nuestra senda según Su consejo. Aquel que alentó nuestros pasos, secó nuestras lágrimas y nos cubrió de amor, como solo Él puede y sabe hacerlo. Tal vez, en nuestras penas, deseemos que ese encuentro se produzca cuanto antes. Quiero que guardes un momento de silencio, que detengas tu llanto y que escuches Su promesa: “Ciertamente vengo en breve”.

Oración: Sí Señor, decimos desde el fondo del alma, “Ven, Señor Jesús”. Mientras tanto, seguros en la esperanza, podremos alcanzar las fuerzas que necesitamos para caminar ahora, más cerca de Tí. Amén.

Alabanza: Me Viniste a Rescatar, Hillsong – https://www.youtube.com/watch?v=WJnVeOuSMyI

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento – Derechos Reservados © 2017  –www.Maestrasdelbien.org

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