“El que espera en Jehová, le rodeará la misericordia” (Salmo 32:10).

En cierta ocasión se produjo un accidente ferroviario. Había muchos heridos y muertos. En uno de los vagones del tren siniestrado, los bomberos descubrieron que en el interior había una mujer herida. No podían sacarla fácilmente de donde estaba. Ella se quejaba y pedía ayuda. Uno de los bomberos consiguió abrir un hueco entre el amasijo de hierros del vagón e introdujo su mano por él. La mujer se agarró fuertemente a ella y desde el interior le dijo: Por favor, no me deje sola. Aquel hombre le respondió: No se preocupe, yo estaré aquí hasta que consigamos sacarla. Así fue, durante varias horas el bombero estuvo acostado sobre los hierros del vagón manteniendo su mano en la de la mujer herida. Cuando, por fin, la rescataron, alguien le preguntó por su experiencia y ella dijo: No hubiera podido resistir, si no sintiera aquella mano sujetando la mía. Aquel hombre había mostrado misericordia.

La palabra misericordia procede de dos voces, la primera significa miseria, y la segunda corazón. Es el amor que surge cuando pasamos la miseria del otro por nuestro propio corazón. Dios es misericordioso, no por lo que seamos, sino según Su propósito (2 Tm 1:9). Esa misericordia, como expresión de Su amor, es infinita. Es un amor que excede a todo conocimiento (Ef 3:19). Podemos tener seguridad de que la misericordia estará siempre con nosotros, a nuestra disposición y para nuestro auxilio, porque Él mismo dice: “Con amor eterno te he amado; por tanto te prologué mi misericordia” (Jer 31:3). La misericordia de Dios es inmutable, porque en Él no hay mudanza ni sombra de variación (Stg 1:17). Esa misericordia no está sujeta a vicisitudes. Cuando todos abandonan, Él sigue amándonos.

¡Qué galardón generoso para el que confía! Miremos al versículo: “El que espera en Jehová, le rodea la misericordia”. ¡Qué impresionante guarda tenemos! Como los grandes del mundo están rodeados de gente que los protegen, nosotros estamos cercados con misericordia. Delante, detrás, a todos los lados está esta guarda de la gracia. Posiblemente en medio de nuestras penas y de nuestras pruebas, estemos pasando por alto esta provisión divina. Moramos en el centro del sistema de la misericordia, porque estamos en Cristo Jesús. Nuestro adversario el diablo procurará que prestemos atención sólo a nuestras dificultades y nos centremos en el dolor y las lágrimas de nuestras experiencias. Dios nos llama hoy a entender que, a pesar de todo, estamos siendo objetos de Su amor y estamos rodeados por Su misericordia. Nuestros quebrantos han pasado por el corazón de Dios, que está atento a nuestras tristezas. Cercados por la misericordia seguiremos el camino que Él ha trazado y pronto, en lugar de lágrimas estaremos gozándonos con cánticos de liberación.

Nuestra vista es limitada. Lo que nos rodea es aquello que únicamente vemos, pero, más allá de la temporalidad está la gloria eterna que esperamos. Esa es la causa final de la misericordia.

Oración: Gracias Señor, porque el tiempo se cumplirá para dar paso al encuentro definitivo con Jesús, entonces podremos entender que en todo momento hemos estado “rodeados por la misericordia”. Amén.

Alabanza: Puedo Imaginarme, RRodriguez – https://www.youtube.com/watch?v=-u4fEV3vQcY

Samuel Perez Millos, Ministerio Aliento Derechos Reservados ©2017  www.Maestrasdelbien.org

1 COMENTARIO

  1. Gracias por compartir esas hermosas enseñanzas de parte de Dios… Gran alivio para nuestro corazon el saber y esperar en la promesas de Dios.

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